La terapéutica hidrológica tuvo una gran importancia durante todo el siglo XIX. Un balneario en Europa era un centro de descanso y distracción para algunos grupos sociales —de igual manera que en la actualidad— y un lugar donde existía la posibilidad de curar ciertas dolencias, hechos ambos que quedan reflejados en numerosas páginas literarias. En muchas novelas españolas de la época se aprecian algunas de las características del balneario, español o extranjero, y de la cura balnearia; así en La familia de León Roch (1878) de Benito Pérez Galdós, El viaje de novios (1881) de Emilia Pardo Bazán, La Hermana San Sulpicio (1884) de Armando Palacio Valdés, y muchas más.
Durante el siglo XVIII hubo varios
intentos por parte de los médicos españoles de estudiar las fuentes naturales
de nuestro país, sin embargo, los conocimientos científicos sobre las aguas
mineromedicinales españolas eran escasos al iniciarse el siglo XIX y el estado
de abandono completo en el que se encontraba la mayor parte de las fuentes no
se modificó hasta 1816. 
Fernando VII
En ese año, un Real Decreto de Fernando VII creaba las
bases de lo que iba a ser el Cuerpo de Médicos de Baños:
“Entre los muchos y preciosos dones con
que la Providencia favoreció a la España, debe considerarse por uno de los
principales la abundancia de aguas minerales que distribuyó en varios puntos de
su vasta extensión... He venido en resolver que en cada uno de los Baños más
acreditados del reino se establezca un profesor de suficientes conocimientos de
las virtudes de sus aguas, y de la parte médica necesaria para saber determinar
su aplicación y uso... y se encargará a quién corresponda, que desde el día en
que llegue a cada uno de los Baños el Profesor destinado, no se permita a
ningún enfermo el uso de ellos sino con su permiso, y en los términos que
prescriba. Tendréislo entendido y dispondréis lo necesario al cumplimiento.
Rubricado de la Real mano de su S.M. En Palacio a 29 de junio de 1816. A. D.
Pedro Cébanos”.
Este fue el punto de partida de la
creación, el año siguiente, del cuerpo de Médicos Directores de estos
establecimientos. Además hubo, por parte de la casa regia, un impulso a los
balnearios ya que sus miembros veían con buenos ojos las actividades
terapéuticas de estos centros: sabemos que Fernando VII estuvo unos días en el
de Arnedillo para mitigar unas dolencias que tenía en una pierna y que su
segunda esposa, Isabel de Braganza, fue a tomar unos baños al de Sacedón, que
se denominó Isabela en su honor, centro que visitaba asiduamente buscando la
curación de su gota. Asimismo, en 1826, llevó a su tercera esposa, María Josefa
Amalia de Sajonia, al balneario conquense de Solán de Cabras. 
Real Sitio de la Isabela de Fernando Brambila (1763-834)
Colecciones Reales
Durante gran parte del siglo XIX la
mayoría de los directores de los balnearios ejercían su cargo como interinos en
establecimientos de segunda fila, esto es, en aquellos que habían sido
declarados de utilidad pública pero que tenían pocos agüistas. Los que
pertenecían al Cuerpo de Médicos Directores trabajaban en los balnearios más importantes
y con mayor concurrencia de bañistas.
Los médicos optaban a la plaza según su
antigüedad en el Cuerpo y hasta 1868 vivían de un sueldo estatal al que había
que añadir los emolumentos por las consultas que, obligatoriamente, tenían que
hacer a los que desearan tomar las aguas. Evidentemente, las localidades más
solicitadas eran aquellas en las que había un mayor número de agüistas.
La dirección balnearia no era desechada
por los profesionales de la medicina y, durante la temporada oficial, el médico
debía ocuparse, necesariamente, del balneario y de los asistentes. Era, por
tanto, una época que discurría en el medio rural, con la ventaja de no tener
las desventuras profesionales propias de ese ámbito, y que no iba más allá de
la temporada balnearia que se limitaba, casi exclusivamente, al verano. Esto
tenía la gran ventaja, al menos en la España de la época, de que los médicos
directores de balnearios podían ejercer su profesión, durante la mayor parte
del año, en las poblaciones más importantes y tener un largo periodo estival
que, generalmente, estaba bien remunerado. Basten dos ejemplos que avalan lo
atrayente que era ser médico de un balneario.
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| De la fototeca de la Diputación de Huesca |
Durante mucho tiempo, antes de que la
hidrología tuviera alguna entidad en los centros universitarios, los saberes
científicos al respecto eran muy peculiares. Hay que tener en cuenta que la
hidrología no formó parte del currículum de la carrera de médico hasta 1866,
donde se impartía en la asignatura de “Ampliación de la Terapéutica y
Farmacología. Hidrología médica”. Sin embargo, no hubo cátedra de la disciplina
hasta 1912 y en Madrid. La enseñanza no oficial se redujo a los cursos que
impartió, a finales del siglo XIX, Hipólito Rodríguez Pinilla (1860-1936) en la
capital, que fueron el punto de partida de la futura independencia de la
hidrología como disciplina con algunas peculiaridades científicas.
Por todo lo anterior, hay que resaltar
que los saberes sobre hidrología médica debían de ser adquiridos por los
galenos de una manera autodidacta. Por eso, una de las personalidades españolas
más importantes de la especialidad en el siglo XIX, José Salgado y Guillermo
(1811-1890), tenía unos conocimientos en ciencias auxiliares alcanzados muy
lejos de la Facultad de Medicina: “Se hizo regente de segunda clase de física y
química; reunió todos los estudios necesarios para optar al grado de licenciado
en ciencias naturales, y ganó, como oyente, 19 cursos de asignaturas de
ciencias físicas y naturales en la Universidad Central”.
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| Baños de Alange (Badajoz) (Alexandre de Laborde (1811) |
En 1852, Pedro María Rubio (1801-1868)
daba noticia de que en España había 90 balnearios con dirección facultativa,
incremento muy importante si se tiene en cuenta que en 1817 sólo era 30. Y es
que los balnearios se convirtieron en la segunda mitad del siglo XIX en centros
de desarrollo económico, facilitado éste por el aumento de los conocimientos
terapéuticos y la mejora de los medios de transporte, carreteras y muy
especialmente el ferrocarril, sin olvidar el solaz propio de unos pocos. Son
años en los que emergen en Europa y América del Norte grandes complejos
termales y España no va a quedarse muy rezagada, muy especialmente en las regiones
en las que hay una nueva burguesía: País Vasco y Cataluña especialmente.
Algunos autores han considerado el
periodo comprendido entre 1877 y 1898 como el de esplendor y madurez para la
Hidrología nacional. Es un tiempo en el que los balnearios no solamente
empiezan a considerase centros sanitarios, sino que son lugares, más o menos
ociosos, de encuentro social. Además, hubo una abundante bibliografía de
carácter general y no pocos tratados de hidrología sobre asuntos concretos, ya
de temas especializados de hidrología regional, tratados de hidroterapia, guías
de bañistas, etcétera.

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