Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

10 abril, 2026

Las virtudes de las aguas

 

La terapéutica hidrológica tuvo una gran importancia durante todo el siglo XIX. Un balneario en Europa era un centro de descanso y distracción para algunos grupos sociales —de igual manera que en la actualidad— y un lugar donde existía la posibilidad de curar ciertas dolencias, hechos ambos que quedan reflejados en numerosas páginas literarias. En muchas novelas españolas de la época se aprecian algunas de las características del balneario, español o extranjero, y de la cura balnearia; así en La familia de León Roch (1878) de Benito Pérez Galdós, El viaje de novios (1881) de Emilia Pardo Bazán, La Hermana San Sulpicio (1884) de Armando Palacio Valdés,  y muchas más.

Durante el siglo XVIII hubo varios intentos por parte de los médicos españoles de estudiar las fuentes naturales de nuestro país, sin embargo, los conocimientos científicos sobre las aguas mineromedicinales españolas eran escasos al iniciarse el siglo XIX y el estado de abandono completo en el que se encontraba la mayor parte de las fuentes no se modificó hasta 1816.

Fernando VII

En ese año, un Real Decreto de Fernando VII creaba las bases de lo que iba a ser el Cuerpo de Médicos de Baños:

“Entre los muchos y preciosos dones con que la Providencia favoreció a la España, debe considerarse por uno de los principales la abundancia de aguas minerales que distribuyó en varios puntos de su vasta extensión... He venido en resolver que en cada uno de los Baños más acreditados del reino se establezca un profesor de suficientes conocimientos de las virtudes de sus aguas, y de la parte médica necesaria para saber determinar su aplicación y uso... y se encargará a quién corresponda, que desde el día en que llegue a cada uno de los Baños el Profesor destinado, no se permita a ningún enfermo el uso de ellos sino con su permiso, y en los términos que prescriba. Tendréislo entendido y dispondréis lo necesario al cumplimiento. Rubricado de la Real mano de su S.M. En Palacio a 29 de junio de 1816. A. D. Pedro Cébanos”.

Este fue el punto de partida de la creación, el año siguiente, del cuerpo de Médicos Directores de estos establecimientos. Además hubo, por parte de la casa regia, un impulso a los balnearios ya que sus miembros veían con buenos ojos las actividades terapéuticas de estos centros: sabemos que Fernando VII estuvo unos días en el de Arnedillo para mitigar unas dolencias que tenía en una pierna y que su segunda esposa, Isabel de Braganza, fue a tomar unos baños al de Sacedón, que se denominó Isabela en su honor, centro que visitaba asiduamente buscando la curación de su gota. Asimismo, en 1826, llevó a su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, al balneario conquense de Solán de Cabras. 

Real Sitio de la Isabela de Fernando Brambila (1763-834)
Colecciones Reales

Durante gran parte del siglo XIX la mayoría de los directores de los balnearios ejercían su cargo como interinos en establecimientos de segunda fila, esto es, en aquellos que habían sido declarados de utilidad pública pero que tenían pocos agüistas. Los que pertenecían al Cuerpo de Médicos Directores trabajaban en los balnearios más importantes y con mayor concurrencia de bañistas.

Los médicos optaban a la plaza según su antigüedad en el Cuerpo y hasta 1868 vivían de un sueldo estatal al que había que añadir los emolumentos por las consultas que, obligatoriamente, tenían que hacer a los que desearan tomar las aguas. Evidentemente, las localidades más solicitadas eran aquellas en las que había un mayor número de agüistas.

La dirección balnearia no era desechada por los profesionales de la medicina y, durante la temporada oficial, el médico debía ocuparse, necesariamente, del balneario y de los asistentes. Era, por tanto, una época que discurría en el medio rural, con la ventaja de no tener las desventuras profesionales propias de ese ámbito, y que no iba más allá de la temporada balnearia que se limitaba, casi exclusivamente, al verano. Esto tenía la gran ventaja, al menos en la España de la época, de que los médicos directores de balnearios podían ejercer su profesión, durante la mayor parte del año, en las poblaciones más importantes y tener un largo periodo estival que, generalmente, estaba bien remunerado. Basten dos ejemplos que avalan lo atrayente que era ser médico de un balneario.

De la fototeca de la Diputación de Huesca
Anastasio García López (1821-1897) era doctor en Medicina y catedrático de Fisiología e Higiene de la Escuela Libre de Medicina de la Universidad de Salamanca y, después, del Hospital Homeopático de Madrid y compartió estas tareas con la dirección interina de los balnearios de Segura de Aragón, Cestona y Panticosa y titular de los de Ledesma, Alhama de Aragón, Archena y Betelu. Otro ejemplo interesante es el de José Hernández Silva (1847-1909), doctor en Medicina (1870) y médico de diferentes hospitales (Santander y Santoña), de la fábrica de tabacos de Santander y profesor agregado a consulta de enfermedades nerviosas en el madrileño Hospital de la Princesa; ocupó interinamente la dirección de los balnearios de Puente Viesgo, Villaro y Fitero Nuevo y después de su ingreso en el Cuerpo de Médicos-Directores de Baños (1874) estuvo en los de Elorrio, Urberuaga de Ubilla, Puente Viesgo, Sobrón, Caldas de Montbuy, Fortuna y Alhama de Aragón.

Durante mucho tiempo, antes de que la hidrología tuviera alguna entidad en los centros universitarios, los saberes científicos al respecto eran muy peculiares. Hay que tener en cuenta que la hidrología no formó parte del currículum de la carrera de médico hasta 1866, donde se impartía en la asignatura de “Ampliación de la Terapéutica y Farmacología. Hidrología médica”. Sin embargo, no hubo cátedra de la disciplina hasta 1912 y en Madrid. La enseñanza no oficial se redujo a los cursos que impartió, a finales del siglo XIX, Hipólito Rodríguez Pinilla (1860-1936) en la capital, que fueron el punto de partida de la futura independencia de la hidrología como disciplina con algunas peculiaridades científicas.

Por todo lo anterior, hay que resaltar que los saberes sobre hidrología médica debían de ser adquiridos por los galenos de una manera autodidacta. Por eso, una de las personalidades españolas más importantes de la especialidad en el siglo XIX, José Salgado y Guillermo (1811-1890), tenía unos conocimientos en ciencias auxiliares alcanzados muy lejos de la Facultad de Medicina: “Se hizo regente de segunda clase de física y química; reunió todos los estudios necesarios para optar al grado de licenciado en ciencias naturales, y ganó, como oyente, 19 cursos de asignaturas de ciencias físicas y naturales en la Universidad Central”.

Baños de Alange (Badajoz)
(Alexandre de Laborde (1811) 


Las ciencias auxiliares que debían formar parte de los conocimientos del médico de baños eran la química, física, geología, geografía, botánica y zoología especialmente ya que eran fundamentales a la hora de redactar las topografías médicas.

En 1852, Pedro María Rubio (1801-1868) daba noticia de que en España había 90 balnearios con dirección facultativa, incremento muy importante si se tiene en cuenta que en 1817 sólo era 30. Y es que los balnearios se convirtieron en la segunda mitad del siglo XIX en centros de desarrollo económico, facilitado éste por el aumento de los conocimientos terapéuticos y la mejora de los medios de transporte, carreteras y muy especialmente el ferrocarril, sin olvidar el solaz propio de unos pocos. Son años en los que emergen en Europa y América del Norte grandes complejos termales y España no va a quedarse muy rezagada, muy especialmente en las regiones en las que hay una nueva burguesía: País Vasco y Cataluña especialmente.

Algunos autores han considerado el periodo comprendido entre 1877 y 1898 como el de esplendor y madurez para la Hidrología nacional. Es un tiempo en el que los balnearios no solamente empiezan a considerase centros sanitarios, sino que son lugares, más o menos ociosos, de encuentro social. Además, hubo una abundante bibliografía de carácter general y no pocos tratados de hidrología sobre asuntos concretos, ya de temas especializados de hidrología regional, tratados de hidroterapia, guías de bañistas, etcétera.

 


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