Francisco
Hernández nació en 1517 en la localidad toledana de Puebla de Montalbán y
después de estudiar Medicina en
Francisco
Hernández nació en 1517 en la localidad toledana de Puebla de Montalbán y
después de estudiar Medicina en
La ciencia en el siglo XIX había alcanzado la mayoría de edad y ciertas lucubraciones de los científicos, esto es, teorías científicas que carecían de rigor intelectual, fueron muy criticadas. Aunque la frenología, nacida a finales del siglo anterior, no fue bien vista por los hombres de ciencia, sí fue aceptada por el público en general, bien es cierto que científicos y no científicos no se manifestaron unánimemente a la hora de acercarse a ella.
En julio de 1909, unos trabajadores de un puente cercano a Melilla fueron tiroteados por unos rifeños y murieron cuatro españoles. El ministro de la Guerra, Arsenio Linares Pombo —del Gobierno de Antonio Maura—, reforzó las tropas españolas en el Rif con una brigada en la que había reservistas catalanes, madrileños y del Campo de Gibraltar, además de diversas unidades militares. Se había iniciado una guerra cerca de la ciudad, la Guerra de Melilla, que duró casi medio año. El envío de reservistas parece que fue el desencadenante de los sucesos de la última semana de julio: la Semana Trágica.
La terapéutica hidrológica tuvo una gran importancia durante todo el siglo XIX. Un balneario en Europa era un centro de descanso y distracción para algunos grupos sociales —de igual manera que en la actualidad— y un lugar donde existía la posibilidad de curar ciertas dolencias, hechos ambos que quedan reflejados en numerosas páginas literarias. En muchas novelas españolas de la época se aprecian algunas de las características del balneario, español o extranjero, y de la cura balnearia; así en La familia de León Roch (1878) de Benito Pérez Galdós, El viaje de novios (1881) de Emilia Pardo Bazán, La Hermana San Sulpicio (1884) de Armando Palacio Valdés, y muchas más.
Al finalizar el siglo XIX España contaba con un buen plantel de científicos, no eran muchos, es cierto, pero sí constituían una especie de catapulta desde la que se podrían lanzar nuevos proyectos intelectuales. Era una prueba de que en nuestro país se habían puesto algunos cimientos científicos, a mediados de ese siglo, sobre los que se había creado un pequeño edificio.
Se puede afirmar sin atenuantes que las mujeres, hasta casi después de la II Guerra Mundial, eran generalmente orientadas, por la familia y por la sociedad, a partes iguales, en una dirección distinta a la del estudio. Así, en 1923, en la Revista del Ateneo Científico Escolar —de los alumnos de Ciencias de la Universidad de Zaragoza—, Emilia Félez escribía:
Del matrimonio entre Juan II de Castilla e Isabel de Portugal nacía, el 22 de abril de 1451, en la población de Madrigal de las Altas Torres (ubicada en la actual provincia de Ávila), Isabel de Castilla, Isabel La Católica de la que escribió el marqués de Santillana: “Dios vos faga virtuosa, Reina bien aventurada, quanto vos fizo fermosa”.
La ciencia del comportamiento como disciplina emerge, grosso modo, en los años cincuenta del siglo XX. Así, en 1951 se publica The Study of the Instinct, un texto de Niko Tinbergen que fue y sigue siendo clave en los estudios etológicos. Después, la Etología como disciplina recibió el impulso definitivo que le dio la concesión, en 1973, del Premio Nobel de Fisiología o Medicina a Konrad Lorenz (1903-1989), Nikolaas Tinbergen (1907-1988) y Karl von Frisch (1886-1982) “por sus descubrimientos sobre la organización y la obtención de patrones de comportamiento individuales y sociales".
Cuando hay que crear algo nuevo, siempre se requiere personas que impulsen el proyecto. En la bioquímica de la segunda década del franquismo se dio la circunstancia de que había varios hombres de gran vigor intelectual, en lo que a la política científica se refiere, que hicieron todo lo posible para que se fundara la Sociedad Española de Bioquímica. Y de estos, sobresalieron Alberto Sols y Severo Ochoa.
En los albores de la aeronáutica España tuvo un papel importante y algunos españoles fueron figuras destacadas de esta tecnociencia. En una parcela al lado del aeródromo de Cuatro Vientos, en 1928, se crea por un Real Decreto la Escuela Superior Aerotécnica, el primer centro oficial de enseñanza aeronáutica de España, en el que se imparten los conocimientos para obtener el título de ingeniero aeronáutico. Su primer director fue el militar y aeronauta Emilio Herrera.
Desde los años centrales del siglo XIX en España hay un cierto interés por explotar comercialmente los hidrocarburos. Son explotaciones muy elementales de asfaltos, arenas asfálticas y pizarras bituminosas que en el siglo XX y hasta la Guerra Civil realizan empresas privadas, con pocos medios y sin resultado comercial.
El TriNaranjus es una bebida refrescante conocida por todos. En la década de los 60 del siglo XX había muchos anuncios publicitarios de este refresco que tuvo un gran éxito en Europa y buena parte del continente americano (https://www.tiktok.com/@anuncios.vintage/video/7323595597087264033). No obstante, es muy poco conocido que el invento del Trinaranjus fue de un farmacéutico valenciano: Agustín Trigo Mezquita.
Cayo o Gayo Mecenas (c. 70-8 a. C.) fue un noble romano, consejero político de Augusto, protector de las letras y de los literatos. Esta faceta de su vida ha hecho que la palabra mecenas sea asignada a la persona que de una forma desinteresada fomenta y patrocina las letras y las artes. La ciencia no figura en la definición del Diccionario de la RAE, quizá porque ha habido pocas personas que han fomentado y patrocinado la actividad científica. Curiosamente, el Diccionario considera, sin embargo, el mecenazgo como la “protección y ayuda dispensadas a una actividad cultural, artística o científica”.
El médico y cirujano segoviano Pedro González de Velasco (1815-1882) es una personalidad que aparece en la historia de la ciencia española en relación con la creación del madrileño Museo de Antropología. No obstante, además de esto consigue una gran fama como cirujano, es el más famoso de los de Madrid y acaso de toda España.
Juan Dantín Cereceda fue uno de los geógrafos españoles más importantes del siglo XX. Este madrileño nació en 1881, cursó los estudios medios en el Instituto Cardenal Cisneros de la capital y en la Universidad Central se licenció en Ciencias Naturales en 1904. Su perfil académico se completó en 1912 cuando defendió su doctorado con una tesis que trataba sobre la constitución e interpretación del relieve de la península Ibérica, trabajo que fue dirigido por Eduardo Hernández Pacheco (1872-1965), a la sazón catedrático de Geología de la Universidad Central.
Juan José Barcia Goyanes (1901-2003) vino al mundo en la localidad coruñesa de Santiago de Compostela. Fue el mayor de seis hermanos y formó parte de la quinta generación de profesionales de la medicina, muchos de ellos dedicados a la neurociencia. Su padre, médico militar, cambió varias veces de destino por lo que la familia modificó su residencia en numerosas ocasiones: Orense, Vigo, las islas Chafarinas, La Coruña, Ceuta...
Joaquín María Albarrán Domínguez (1860-1912) nació en el seno de una familia acomodada en Villa de la Concepción de Sagua la Grande, que entonces era una población española de la isla de Cuba. Su padre, Pedro Pablo Albarrán de la Calle, era un hacendado de Jerez de la Frontera y su madre, María Micaela Domínguez de Lima, de Matanzas (Cuba).
La paleontología española del siglo XX estuvo liderada durante muchos años por tres figuras que dejaron su impronta en estos estudios: era Miguel Crusafont Pairó (1910-1983), que en la década de los cincuenta, organizó unos “Cursillos Internacionales de Paleontología de Sabadell” en los que participaron importantes científicos internacionales; Bermudo Meléndez, figura destacada de la paleontología española de la posguerra y el autor español más importante de textos de esta disciplina científica; y Emiliano Aguirre, uno de los iniciadores de los estudios en los yacimientos pleistocenos de la Sierra de Atapuerca, de cuyas excavaciones fue director hasta su jubilación.
Los extraordinarios progresos de la tecnología y de la ciencia en los últimos cincuenta años generaron un estudio nuevo que integra diversas disciplinas con el fin de escrutar los problemas éticos y morales que son consecuencia de los progresos citados antes. El estudio en cuestión es la bioética, un conocimiento emergente desde los años 70 que afecta a numerosos saberes pero que, evidentemente, las disciplinas de los ámbitos biológicos y médicos son las que más soportan las discusiones bioéticas: investigación biotecnológica, cuidado médico, etc. El término bioética fue acuñado por el bioquímico estadounidense Van Rensselaer Potter (1911-2001) en 1971.
No obstante lo anterior, la defensa del darwinismo también se encuentra en campos ajenos a la ciencia para la que fue diseñado; por esto se escriben auténticas sandeces cuando se intenta ubicar en ámbitos extracientíficos lo que sólo era aplicable a la evolución de las formas vivas.
En 1859 se publicó el libro que, probablemente, ha tenido más influencia en la historia de la cultura, sea científica o no; me estoy refiriendo a El origen de las especies. Su autor fue Charles Robert Darwin (1809-1882) y su contenido, la evolución de las especies por selección natural. Complementario, en cierta medida, del texto anterior fue otro del mismo autor, de carácter antropológico, titulado El origen del hombre y que apareció en 1871. Los dos libros fueron leídos con avidez en todo el mundo civilizado y causaron, desde un primer momento, agrias polémicas en las que adversarios y defensores de la teoría de la evolución, según el esquema darwinista, se enzarzaron en discusiones alejadas, en muchos casos, de las más elementales normas exigibles al razonamiento.
Es frecuente que se acerquen a la historia de la ciencia y de las técnicas personas con una formación en campos específicos: matemáticas, física, biología, ingeniería, medicina, etc. Lo que no suele ser habitual es que personas con una gran formación en disciplinas alejadas de las ciencias experimentales y sus técnicas hayan destacado en la historia de la ciencia.
En 1913 nacía en Barcelona la que fue, probablemente, la científica más importante en la briología española contemporánea, Cruz Casas Sicart.
En algunas ocasiones la ciencia y el arte se imbrican de una manera que una especialidad científica solapa la genialidad artística o al revés. Siempre ha habido hombres que se volcaron inicialmente en su ciencia y terminaron en una vida artística en la que, acaso, tuvieron más reconocimiento.
En la obra de Delibes asiste al parto el doctor Almenara, algo bastante infrecuente en el siglo XVI. En este momento es cuando el novelista nos describe los complementos del médico: “…mientras que don Francisco de Almenara, con su loba de terciopelo oscuro y su maletín negro en la mano de la esmeralda, accedía por la puerta principal”.
No cabe la menor duda de que el escritor vallisoletano Miguel Delibes Setién (1920-2010)fue uno de los mejores novelistas españoles del siglo XX. Galardonado con infinidad de premios, una de sus últimas novelas, El hereje, es un estupendo relato del Valladolid de Carlos V en el que se dan cita algunos aspectos de la ciencia de la época: la consulta médica, un parto, la sífilis, la peste, etc. Algunos de estos pasajes narrados por la pluma maestra de don Miguel voy a comentar a continuación.
En la década de los 40 del siglo XIX, el gran impulso dado por el que fuera académico de la Española, y de la de Bellas Artes, Antonio Gil y Zárate (1793-1861) hizo que se crearan los Institutos de Bachillerato, hoy conocidos con el nombre de Institutos de Enseñanza Secundaria. Así, por un Real Decreto del 17 de septiembre de 1845 del político Pedro José Pidal, se creaban en España los Institutos Provinciales de Segunda Enseñanza.
En la década de los setenta del siglo XIX se crearon, en varios países europeos, importantes laboratorios costeros y entre ellos destacó la famosa Stazione Zoologica de Nápoles, nacida en 1872 y vinculada a la Universidad de Würzburg, en Alemania. La Stazione era el primer centro de estudios sobre el mar y fue el punto de referencia para la ciencia marina de todos los países, incluido el nuestro.
Joaquín M. Fuster Carulla es un gran científico barcelonés (1930) que aúna unos grandes conocimientos de su especialidad con otros no científicos, que lo hacen una persona con unas capacidades excelentes para acercar sus saberes a los colegas y al público en general.
El mundo de la literatura española del siglo XX tiene en el vasco Pío Baroja Nessi (1872-1956) a uno de sus representantes más característicos. Nacido en San Sebastián en el seno de una familia acomodada, destacó como novelista de la Generación del 98 y pocos saben que había estudiado Medicina pero no tenía interés alguno por la profesión. Sabemos lo que opinaba de varios científicos españoles contemporáneos suyos. Él, que no era una persona excesivamente empática, manifiesta descarnadamente su “dictamen” sobre hombres de ciencia que conoció. Pocos reciben calificativos amables.