La ciencia en el siglo XIX había alcanzado la mayoría de edad y ciertas lucubraciones de los científicos, esto es, teorías científicas que carecían de rigor intelectual, fueron muy criticadas. Aunque la frenología, nacida a finales del siglo anterior, no fue bien vista por los hombres de ciencia, sí fue aceptada por el público en general, bien es cierto que científicos y no científicos no se manifestaron unánimemente a la hora de acercarse a ella.
La frenología se basaba
en que el cerebro del ser humano estaba formado por un conjunto de órganos,
cada uno de los cuales tenía ciertas propiedades intelectuales, afectivas, o de
otra índole. El creador de esta hipótesis fue el médico alemán Franz Joseph
Gall (1758- 1828), que consideraba que en el cerebro había 27 órganos. Esta
teoría fue ampliada por el también alemán Johann Gaspar Spurzheim (1776-1832) y
por otros discípulos, que aumentaron el número de órganos hasta 38, de los que
10 eran responsables de los instintos (filogenitura, combatividad, etc.), 12 de
los sentimientos o facultades morales (circunspección, veneración, etc.), 14 de
las facultades perceptivas (lenguaje, color, tiempo, etc.) y 2 de las
reflectivas (comparación y causalidad). 
Cerebro frenológico
En este sentido, el
único mérito de Gall fue proponer un cerebro con determinadas funciones
localizadas en regiones concretas.
Pero lo más curioso de
la frenología es que el desarrollo de un determinado talento o facultad se
manifiesta en unas protuberancias craneales concretas y así, tocando estos
salientes, se pueden deducir las características mentales del individuo en
cuestión. Dicho de otra manera, esta teoría relaciona las formas del cráneo y
las facultades mentales, o lo que es igual: el cerebro modela el cráneo.
Parece que los estudios
de Gall tuvieron su inicio en el hecho de que uno de sus condiscípulos de la
escuela tenía una memoria excelente y unos ojos saltones y al alemán se le
ocurrió relacionar la memoria con esa característica anatómica y dejó escrito:
“... quedé asombrado por la idea de que los ojos así formados eran una señal
para una excelente memoria. Fue solamente más tarde… que me dije a mi mismo, si
la memoria se muestra por una característica física, ¿por qué no otras
facultades?”
Así que estudió los
cráneos de individuos en diferentes situaciones (manicomios, cárceles,
escuelas, etc.), los coleccionó y en 1810 vio la luz su gran obra, cuyo título
completo da perfecta idea de los contenidos de la misma: Anatomía y Fisiología del sistema nervioso en general y del cerebro en
particular, con las observaciones sobre la posibilidad de reconocer distintas
disposiciones intelectuales y morales del hombre y de los animales, por la
configuración de sus cabezas.
Las concepciones
pseudocientíficas de Gall fueron conocidas y combatidas, o no, en España tanto
por los científicos como por las personas de otros ámbitos intelectuales.
Dentro de los primeros
hay que destacar que en 1806, cuando no se había creado el término frenología,
apareció en Madrid un tratado con un título suficientemente claro: Exposición de la doctrina del doctor Gall o
nueva teoría del cerebro, considerado como residencia de las facultades
intelectuales y morales del alma.
El gran divulgador de
la frenología en España fue el catalán Mariano Cubí y Soler (1801-1875). En
Barcelona realizó visitas a cárceles y correccionales y estudió gratuitamente
más de 500 cabezas. Su obra más importante data de 1852, La Frenología y sus glorias, más de 1.000 páginas que se
tradujeron, por encargo de Napoleón III, al francés... probablemente porque las
cabezas de todos los componentes de la familia imperial fueron estudiadas por Cubí. 
Concepción Arenal
Concepción Arenal
(1820-1893), en 1861, publicó un libro titulado La mujer del porvenir en el que teorizaba sobre algunas actitudes
provocadoras que Franz Josef Gall exponía en su obra antes citada. En ella
decía que las mujeres, en relación a sus facultades intelectuales, eran
inferiores a los hombres. Y Arenal es concreta en sus apreciaciones:
“Ni el estudio de la
fisiología del cerebro, ni la observación de lo que pasa en el mundo, autorizan
para afirmar que la inferioridad intelectual de la mujer sea orgánica porque no
existe donde los dos sexos están igualmente sin educar, ni empieza en las
Clases educadas, sino donde empieza la diferencia de la educación”.
Y es que Arenal piensa
que cualquier oficio y profesión es buena y digna para la mujer: “Observemos lo
que saben y hacen un farmacéutico, un abogado, un médico, un notario, un
catedrático, un sacerdote, un empleado, vulgares, de la talla común; observemos
bien, sin preocupación, en conciencia, y digamos si no puede una mujer aprender
lo que ellos saben y hacer lo que ellos hacen”.
A mediados del siglo
XIX Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) era un autor teatral de éxito en
el Madrid de su tiempo. Había escrito numerosas obras como Marcela
o ¿a cuál de los tres? (estrenada en 1831), Muérete ¡y verás! (1837), El
pelo de la dehesa (1840), etc. Asimismo, en relación con el asunto que nos
ocupa, escribió una comedia en un acto cuyo título, por sí solo, nos da una
perfecta idea de la popularidad de alguna de estas teorías: Frenología y magnetismo. 
Bretón de los Herreros
En un momento de a
obra, Lucas, el protagonista, describe la frenología de esta manera:
“En los cráneos/hay
órganos diferentes:/los unos son prominentes,/los otros son subterráneos./El
cerebro es la substancia/donde nuestra alma reside./Cada afección coincide/con
una protuberancia./Mas ya probaré en detall/que no es farsa ni pamema/el
admirable sistema/del famoso doctor Gall”.
Otro personaje de la
obra (Manuel) defiende la teoría ante las opiniones contrarias de otros:
“La frenología es ya/digna
de entrar en el gremio/de las ciencias, pues se apoya/en muchos experimentos/notables,
y la defienden/autores de mucho mérito”.
En la actualidad la
ciencia de los “sobacráneos” (como llamaban en Francia a los frenólogos) no es
más que un reducto histórico que impulsó el estudio de las funciones cerebrales.
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