Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

11 julio, 2026

España y la ciencia en México (I)

 

Ante las sandeces que se vienen escuchando últimamente a propósito del estropicio de toda condición que realizaron los españoles cuando llegaron al Nuevo mundo, y muy especialmente al actual territorio centroamericano, quiero acercarme a unos aspectos en relación con la ciencia que demuestran, en gran medida, la extraordinaria labor que realizaron nuestros antepasados cuando llegaron a las tierras allende el Atlántico.

No se trata de hacer una relación exhaustiva de la extraordinaria labor que realizaron los españoles en las tierras recién descubiertas. Esto ocuparía muchas páginas y sería contario a la función de este blog.

Empezaremos, obviamente, con Hernán Cortés (1485-1547). Este hidalgo extremeño —nacido en Medellín, en la actual provincia de Badajoz—, hijo de hidalgos con pocos medios de fortuna, “de clara sangre y próspera ventura”, redactó unas Cartas de relación con el fin de informar a su rey, Carlos V, de los aconteceres de su labor en el territorio americano. 

Tercera Carta de Relación

La lectura de estas Cartas nos da una perfecta idea de un Cortés al que le interesa lo que está viendo, desde los matices más diferentes, y esta es la razón por la que el extremeño entremezcla su narración al rey con informaciones de toda condición, ya sean detalles militares relativos a las fortificaciones de las ciudades, aspectos paisajísticos, geográficos, etnográficos, antropológicos, etc.

En el territorio americano añora la patria española y su tierra extremeña y en sus relatos utiliza casi invariablemente la comparación cuando describe la naturaleza de los nuevos territorios: “hay en esta tierra todo género de caza y animales y aves conforme a los de nuestra naturaleza”, o cuando al hablar de la ciudad de Tizatlán dice que es “muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan buenos edeficios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra...”.

Es precisamente las similitudes que encuentra entre la tierra americana y la española lo que le lleva a decir:

“me paresció que el más conveniente nombre para esta dicha tierra era llamarse la Nueva España del Mar Océano, y ansí en nombre de Vuestra Majestad se le puso aqueste nombre. Humillmente suplico a Vuestra Alteza lo tenga por bien y mande que se nombre ansí”.

Cortés es el primer autor que informa a Occidente de la existencia del cacao y nos dice que

“es una fruta como almendras que ellos venden molida y tiénenla en tanto que se trata por moneda en toda la tierra y con ella e compran todas las cosas nescesarias en los mercados y otras partes...”.

Además, por él conocemos la primera descripción del volcán Popocatépetl esto es, del cerro (tepetl) humeante (popoca) que con más de cinco mil metros de altura está cubierto de nieves persistentes.

En 1499, o quizá en el año 1500, nacía en el pueblo leonés de Sahagún de Campos el que iba a ser un excepcional humanista y el primer investigador de la cultura de los indios mexicanos: Bernardino de Sahagún, nombre que adoptó al ingresar en la orden franciscana porque el natural era Francisco Rivera, o Ribeira. 

Había estudiado en la Universidad de Salamanca y en 1529 se embarcó para las tierras recién descubiertas y se dedicó a la enseñanza y a la investigación. Instruyó a los indios y estudió y dominó el idioma de mayor difusión entre los naturales, el náhuatl, lengua que llegó a dominar.  

Desde el punto de vista científico, la obra por la que ha pasado a la posteridad es por la Historia general de las cosas de Nueva España, una enciclopedia de tipo medieval, modificada por los conocimientos renacentistas y los de la cultura náhuatl. Este texto es considerado un referente de la antropología cultural moderna, hecho por el cual Bernardino de Sahagún es también calificado como Padre de la investigación antropológica americana y pionero de la antropología. La obra trata sobre las creencias y costumbres de los indígenas; sobre la naturaleza mexicana en sus ámbitos botánico, zoológico y mineralógico; sobre retórica, astrología, filosofía moral, etcétera.

En 1505 nacía en Sevilla una de las figuras más importantes de la cosmografía de la época: Alonso de Santa Cruz, un sabio que abarcó muchos aspectos de los saberes relacionados con el conocimiento del orbe: astronomía, cartografía, geografía, crónicas, etcétera. 

Mapa de México de Alonso de Santa Cruz

Por sus obras geográficas Santa Cruz es considerado uno de los grandes geógrafos de su tiempo. Escribió una Geografía universal y unas Instrucciones para descubridores, pero su obra más importante es el Islario general, con un mapamundi en ocho hojas y una cartografía de más de cien islas conocidas entonces, amén de las ciudades de México, y otras no americanas como Venecia y Cádiz. 

Estatua del Francisco de Tembleque

Podemos afirmar que los ingenieros especialistas no fueron al Nuevo Mundo porque los viajes a través del Atlántico no eran especialmente confortables y tranquilos. La escasez de ellos en los nuevos territorios hizo que muchos españoles, desconocedores de los rudimentos de la construcción trabajaran de simples operarios, lo que le ocurrió al mismo Cortés. Por otra parte, muchos miembros de la Iglesia aportaron a la construcción una mano de obra barata ya que muchos clérigos, misioneros en los nuevos territorios, complementaron su labor con obras de ingeniería de gran importancia. 

En efecto, participaron en el diseño y construcción de iglesias, molinos, colegios, establos, etc. y, muy especialmente, destacaron de forma sobresaliente en la gestión hidráulica. Así, por poner un ejemplo extraordinario, el fraile franciscano Francisco de Tembleque, en 1545, inició la construcción hidráulica más importante de América en el siglo XVI, obra que finalizó en 1563. Se trata de un acueducto levantado con la única ayuda de los indígenas, con una longitud de 39,8 kilómetros y que conducía el agua desde la actual población de Otumba a la de Zempoala. La altura de los arcos más grandes es la mayor de los que se levantaron desde el Imperio Romano. En la actualidad es una obra que causa admiración (en internet se puede encontrar como el “Acueducto del Padre Tembleque”) y forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. 

También hay que recordar el impresionante trabajo que realizó en Nueva España Francisco Hernández, al que he dedicado recientemente dos entradas en este blog.

Continuará


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