Una de las figuras científicas más importante de la España de posguerra fue José María Albareda Herrera. Nació en 1902 en la localidad zaragozana de Caspe, localidad donde su padre regentaba una farmacia. En la Universidad Central de Madrid, por expreso deseo familiar, se licenció en Farmacia (1922) y después, en Zaragoza, cumplió con su primera vocación científica y en la Facultad de Ciencias se licencia en Químicas.
En la capital aragonesa se inicia en la investigación
con los profesores Antonio de Gregorio Rocasolano y Antonio Ríus Miró y es que
este último le dirigió la tesis doctoral que se realizó en el Laboratorio de
Investigaciones Bioquímicas de la Universidad de Zaragoza que dirigía aquél.
Antonio de Gregorio Rocasolano
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| Antonio Ríus Miró |
Inicialmente se interesó por la enseñanza y en 1928
obtuvo la cátedra de Agricultura en el Instituto de Enseñanza Media de Huesca.
Ese mismo año, con una beca de la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas, marchó al extranjero para completar su formación
científica: en Bonn, Zurich y Königsberg se especializó en edafología,
disciplina emergente en aquella época y especialidad donde confluyen diferentes
ciencias: geología sedimentaria, biología vegetal, química, etc. Como resultado
de sus investigaciones fuera de España defendió otra tesis doctoral, esta vez
en Química, que trataba sobre la “Contribución al estudio de la reacción del
suelo”. En 1932 se le concede una beca de la Fundación Ramsay, gestionada por
la Academia de Ciencias, para trabajar durante dos años en la Rothamsted
Experimental Station (Inglaterra), en Bangor (Gales) y Aberdeen (Escocia),
sobre análisis químico de arcillas como punto de referencia para la
caracterización de los suelos. 
Edafología de Albareda y Hoyos
Al regresar a España en 1934 se reincorporó al
Instituto oscense y más tarde se trasladó a Madrid, al recién creado Instituto
Velázquez.
Durante la Guerra Civil estuvo refugiado en Madrid y
marchó a Francia a través de los Pirineos, acompañado del fundador del Opus
Dei, José María Escrivá, al que había conocido poco antes. Se incorporó a la
Obra en 1937.
Albareda regresa a España en diciembre de 1937 y en
Burgos es nombrado asesor de la Dirección General de Enseñanza Media, ubicada
en Vitoria. Finalizada la Guerra Civil se le encarga la dirección del Instituto
de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu de Madrid y la secretaría general del Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), cargo que desempeñó hasta su
fallecimiento y que simultaneó con la dirección del Instituto de Edafología y
Fisiología Vegetal, del CSIC, y con otros puestos en esta institución
científica.
A partir de entonces se convirtió en uno de los
hombres con más poder en la política científica española desde 1939 hasta su
fallecimiento. En 1940 fue nombrado catedrático de Mineralogía y Geología
Aplicadas a la Farmacia de la Universidad de Madrid.
Realizó una importante labor en el ámbito edafológico
ya que fundó el Instituto de Edafología; amplió la investigación edafológica a
diversas regiones españolas; creó centros de Edafología y Agrobiología, etcétera.
Hagiógrafos y detractores, por razones políticas o
religiosas, de la obra de Albareda han magnificado o denigrado hasta la náusea
su labor antes y después de la Guerra Civil. Por eso, me parece muy atinadas
las siguientes palabras de Reparaz, Basante y González Bueno en su Ciencia
y Farmacia en el franquismo (2016):
“La relevancia científica de José María Albareda,
antes de la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, no
era pequeña. Es cierto que no había desempeñado altas labores de gestión
científica ni tampoco había alcanzado una cátedra universitaria. Sí es verdad
que era un referente en la Edafología, aunque esta materia no tuviese excesiva
relevancia en España y que, gracias a las becas concedidas por la JAE [Junta
para Ampliación de Estudios], conocía cómo se organizaban centros de
investigación europeos de excelencia”. 
Una biografía sobre Albareda
Albareda no concebía el CSIC como el único lugar en el
que se realizara la investigación científica, era partidario de impulsar la
actuación investigadora universitaria de modo que había que “vitalizar las
Universidades inoculando en ellas, en las proporciones debidas, el espíritu
investigador”.
Su labor fue elogiada por Severo Ochoa que escribió
que “durante muchos años, más aún que su secretario general, fue el alma y la
inspiración del Consejo. Sin Albareda el Consejo tal vez no hubiese existido y
sin él no hubiera llegado la biología, y dentro de la biología la bioquímica
española, a alcanzar el grado de desarrollo que tiene en la actualidad”.
Su obra fue calificada por Gregorio Marañón como “uno
de los acontecimientos fundamentales de la vida cultural de nuestro país” y su
relación con el CSIC fue resumida por este sabio en 1952, en la recepción de
José María Albareda como miembro de número de la Real Academia Nacional de
Medicina dijo:
“Y es lo cierto que en nuestro país no han tenido los
hombres de ciencia tantas posibilidades de trabajar y de ser ayudados por el
Estado en sus afanes, como bajo la tutela del Consejo.
Incansable, atento a todos los detalles, abierto a las sugestiones, cualesquiera que fuese, y sobre todo lleno de un entusiasmo callado, discreto, pero sin desmayos. Y aún hay en él otro aspecto que encomiar (…) Me refiero a la generosidad sin prejuicios, a la intachable tolerancia, a la cordialidad absoluta con que Albareda ha realizado su misión compleja y espinosa.
Supo (…) realizar su obra con la serenidad que exige el sentido universal de la ciencia”.
CSIC (edificio central)
Consiguió numerosos honores: fue académico de varias Academias nacionales e internacionales y doctor honoris causa por varias universidades.
En 1959 fue ordenado sacerdote, pero continuó con su
labor profesional y en 1960 fue nombrado rector de la Universidad de Navarra
(del Opus Dei), cargo que desempeñó hasta su muerte, acaecida en Madrid en
1966.


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