A veces un hombre del arte es capaz de captar los mensajes de una teoría científica y expresarlos con su pincel, su música o su literatura. En el mundo de la pintura española del siglo XX hubo una figura que se sintió atraída por la ciencia en alguna de sus facetas y el resultado fue plasmado en parte de sus obras. Me estoy refiriendo al artista de Figueras Salvador Dalí i Domènech, marqués de Dalí de Púbol (1904-1989).
Dalí era una persona extravagante donde la lógica se entremezclaba con el delirio y la bufonada y al que fascinaba llamar la atención. No obstante era un buen lector de libros de asuntos científicos, fueran estos de matemática, física, biología, psicología, etc. y en los de su biblioteca aparecen numerosas anotaciones realizadas por él.
Su relación
con la ciencia siempre fue muy grande de manera que le dijo al bioquímico español Joan Oró i Florensa (1923-2004): “Los
acontecimientos científicos son los únicos que guían mi imaginación”. Una frase
que se puede añadir a muchas otras sobre este asunto: “Los pensadores y
literatos no me aportan absolutamente nada. Los científicos, todo, incluso la
inmortalidad del alma”; también dijo que él que era como un pez que nada entre
“las frías aguas del arte y las aguas calientes de la ciencia”.
Dalí, un
hombre que desde muy pronto se relacionó con las vanguardias del surrealismo;
Max Ernst, Yves Tanguy, René Magritte y otros y que, en 1929, con Luis Buñuel
realiza la primera gran película del surrealismo, El perro andaluz, referencia obligada de este movimiento, estuvo
siempre muy cerca de la ciencia. La influencia de la ciencia se observa en gran
parte de su obra y a lo largo de toda su vida. La óptica de la que se ocupa en
varios de sus lienzos: Durmiente,
caballo, león invisibles (1930), El
enigma sin fin (1938), etc.; también el psicoanálisis: El Gran Masturbador (1929), La
Persistencia de la Memoria (1931) y muchos más. 
El enigma sin fin
Dalí
utiliza un método que denomina “paranoico-crítico” fundamentado en el delirio y
quiere ponerse en contacto con el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. Dalí
cuenta:
“Varios
años después de mi último intento ineficaz de verme con Freud, hice una excursión
gastronómica por la región de Sens, en Francia. Empezamos la comida con
caracoles, uno de mis platos favoritos. La conversación recayó en Edgar Allan
Poe, magnífico tema para acompañar el paladeo de los caracoles, y trató
especialmente de un libro, recién publicado, de la princesa de Grecia, Marie
Bonaparte, que es un estudio psicoanalítico de Poe. De pronto vi una fotografía
del profesor Freud en la primera página de un periódico que alguien estaba
leyendo junto a mí. Inmediatamente me hice traer el ejemplar y leí que el
desterrado Freud acababa de llegar a París. No nos habíamos repuesto del efecto
de esta noticia cuando lancé un grito. ¡En aquel mismo instante había
descubierto el secreto morfológico de Freud! ¡El cráneo de Freud es un caracol!
Su cerebro tiene la forma de una espiral, ¡que hay que sacar con una aguja!”.
Años
después, en 1938, a través del escritor Stefan Zweig se puso en contacto con el
padre del psicoanálisis en su casa londinense. En la reunión están Zweig y el
pintor Edward James, que ha llevado una obra comprada a Dalí: Metamorfosis de Narciso (1937), un óleo
sobre lienzo del periodo paranoico-crítico. El lienzo es comentado por Freud de
la siguiente manera: “...en la pintura de los maestros antiguos la tendencia es
ir a buscar inmediatamente el inconsciente, mientras que en los cuadros
surrealistas lo que se busca de manera inmediata es el consciente”. Dalí cuenta
que se enfadó con Freud porque no quiso leer las páginas que había escrito
sobre el método paranoico-crítico. Después, el psicoanalista escribió al
escritor una carta en la que definía al de Figueras como un español fanático.
Metamorfosis de Narciso
Más tarde
orienta su pintura hacia los avances en física nuclear. Después de la II Guerra Mundial lee a
científicos de la talla de Schrödinger, Broglie, Heisenberg, etc. y empieza una época que denomina
“mística nuclear”; escribe: “Mi padre ya no es Freud, es Heisenberg”.
La física
cuántica fue la inspiración que le llevó
a pintar Mercado de esclavos con la
aparición del rostro de Voltaire (1940), entre otras obras; las teorías
atómica y nuclear tuvieron su lugar en obras como Idilio atómico y uránico melancólico (1945), Leda atómica (1949), etc.
En 1958
Dalí realiza una exposición en la galería Carstairs de Nueva York y en su
catálogo escribe un texto que titula “Manifiesto antimateria”, en el que se
lee: “Estoy estudiando; quiero encontrar la manera de transportar mis obras a
la antimateria. Se trata de la aplicación de una nueva ecuación formulada por
el doctor Werner Heisenberg (...) Esta es la razón de que yo, que sólo admiraba
a Dalí, comience a admirar a este Heisenberg que se parece a mí”. Después pinta
su Assumpta corpuscularia lapislazulina
(1952), Santo rodeado de tres mesones pi
(1956), etc.
En la
década de los sesenta la investigación científica vira desde la física nuclear
hacia la bioquímica y es el ácido desoxirribonucleico el que acapara su
atención. En 1963 había pintado un cuadro sobre esta molécula, tan
trascendental para la ciencia en general y las disciplinas biomédicas en particular,
que tituló Galacidalacidesoxyribonucleicacid,
en el que fusionaba el nombre de su amada Gala y el del ADN. Dos años más
tarde, James D. Watson, uno de los descubridores de la estructura de este ácido
nucleico y Premio Nobel en 1962, pasa delante del hotel St. Regis de Nueva
York, donde reside algunos meses del año el pintor ampurdanés; entra y escribe
una nota con el siguiente contenido: “La segunda persona más brillante del
mundo quiere conocer a la más brillante”. A los pocos minutos están hablando los
artistas del pincel y de la ciencia. 
Galacidalacidesoxyribonucleicacid
El
bioquímico Juan Oró recuerda un curioso
episodio que le sucedió con el genial pintor en 1975. Le encargó a Dalí un
póster para el Simposio Internacional que conmemoraba el 70 aniversario de
Severo Ochoa. Oró visita a Dalí en el hotel Ritz de Barcelona, donde está
alojado, porque desea una dedicatoria para el libro del simposio. Dalí le dice:
“Vaya apuntando lo que le digo”. Y Oró comentó después: “En cuestión de
minutos, Dalí había creado una maravillosa reflexión en torno al avance
científico de las ciencias del ADN que tan sólo podría pensar un genio, con un
conocimiento científico y un sentimiento artístico muy profundo”. La reflexión
era:
“Dios no
juega a los dados, escribió Albert Einstein mucho antes del descubrimiento de
la escala del ADN en los escalones de la cual viajan los ángeles en el sueño de
Jacob que tuve la noche antes de pintar aquella escalera para Severo Ochoa, y
que simbolizan los mensajeros genéticos de moléculas de nucleótidos
sintetizados por primera vez en el laboratorio de Severo Ochoa. Aunque no sea
científico debo confesar que los acontecimientos científicos son los únicos que
guían mi imaginación, al mismo tiempo que ilustran las intuiciones poéticas de
los filósofos tradicionales hasta el punto de conseguir una belleza
deslumbrante de determinadas estructuras matemáticas y de aquellos momentos
sublimes de abstracción que vistos a través de un microscopio electrónico
aparecen como virus de forma poliédrica, confirmando lo que Platón dijo: “Dios
siempre hace geometría”.
Finalmente,
la estereoscopía se encuentra en obras como Dalí
de espaldas pintando a gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales
provisionalmente reflejadas por seis espejos verdaderos (1973); y la teoría
de catástrofes le llevó a pintar Tratado
de escritura catastroteiforme (1982) y El
rapto topológico de Europa. Homenaje a René Thorm (1983).
![]() |
| Dalí de espaldas pintando a gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas por seis espejos verdaderos |

No hay comentarios:
Publicar un comentario