Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

26 julio, 2026

España y la ciencia en México (y II)

 

Durante el siglo XVIII se construyeron jardines botánicos, centros que fueron de estudio e investigación que, a semejanza del madrileño, se ubicaron en México, pero también en, Guatemala, La Habana, Manila, etc. Así, gran parte de la flora hispanoamericana fue acogida físicamente o en espléndidos dibujos magníficamente ilustrados en el centro de referencia de la botánica hispánica, el Real Jardín Botánico de Madrid.

Asimismo, hay que resaltar la magnífica labor que se realizó construyendo hospitales y, en un momento tan temprano como 1627, la mayoría de las poblaciones con más de trescientos españoles tenían algún tipo de dispensario, y destacaba, sobre todas, la ciudad de México que, con unos cien mil habitantes, tenía treinta.

Miguel del Barco González era un jesuita que nació en 1706 en Casas de Millán, una pequeña población extremeña de la diócesis de Plasencia. El golfo de California fue explorado en 1721 por el jesuita Juan de Ugarte y después, cuando los discípulos de San Ignacio fueron expulsados, el franciscano, nacido en Palma de Mallorca, Francisco Palou escribió unas Noticias de la Antigua y Nueva California basándose en lo observado por él y en lo que leyó en los documentos de los archivos de su Orden en México. 

La obra de Barco, Historia natural de la Antigua California, es la primera en la que se realiza un estudio exhaustivo de la península californiana, a pesar de que otros autores habían hecho previamente descripciones de la naturaleza de Nueva España. En ella hay detalles que nos muestran a un agudo observador de la naturaleza: las especies animales y vegetales son descritas, muchas veces, de manera tan pormenorizada, que hace fácil su identificación.

Por otro lado, el protagonismo del indio en la obra lo lleva a relatar importantes aportaciones de los usos y costumbres indígenas. De esta forma, el relato de la naturaleza adquiere así una doble función, didáctica por un lado y de aprovechamiento del entorno por otro. Así, la utilización de las espinas de las “biznagas” (diferentes especies de Cactáceas) como limpiadientes, la tinción de las pieles de venado con las raíces de “mezquitillo” (leguminosa del género Cassia), o la recolección de la verdolaga (especie del género Portulaca), son tres de los muchos ejemplos que se pueden citar del uso que los indígenas hacían de los vegetales de la Baja California.

Los hermanos Juan José (1754-1796) y Fausto Delhuyar (1755-1833) fueron dos importantes científicos dedicados a la metalurgia que, en 1783, descubrieron el wolframio. 

Sello conmemorativo del bicentenario
del descubrimiento del wolframio

Después de este importante hito científico, la vida de los hermanos discurre en el continente americano: en 1786, Fausto es nombrado Director General del Cuerpo de la Minería de México y profesor de Mineralogía, y Juan José se ocupó del beneficio de los metales por fundición en el Nuevo Reino de Granada. El primero estuvo treinta y tres años fuera de España y creó en la capital de Nueva España el Real Seminario de Minería, institución que mereció los más encendido elogios de Alexander von Humboldt; Juan José murió la capital colombiana a los cuarenta y dos años y a causa de un derrame cerebral. Fausto falleció en Madrid, en 1833, de la misma forma que su hermano.

El madrileño Andrés Manuel del Río y Fernández (1764-1849), que se había graduado de bachiller en Teología por la Universidad de Alcalá de Henares, en 1792 fue nombrado profesor de Química del Real Seminario de Minería de México, por recomendación de su director, el logroñés, ya citado, Fausto de Elhuyar . Del Río, sin embargo, prefirió ejercer la docencia en mineralogía, porque se consideraba mejor preparado en esta especialidad, y su deseo fue aceptado.  Así, desde Cádiz partió hacia la Nueva España en agosto de 1794 y empezó su trabajo en América en 1795.

Hay que resaltar que el Real Seminario de Minería era una institución dependiente de la Corona y subsidiada por los mineros en la que, durante cuatro años, los alumnos recibían una formación en matemáticas, física, química y mineralogía, para después cursar un año de prácticas en las minas. El centro fue considerado, en 1803, por el excelente naturalista alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) — amigo y antiguo compañero de clase de del Río en Freiberg— como el mejor de América.

En el territorio americano, hacia1800 realizó un análisis de unas muestras de plomo, de la mina de Purísima del Cardonal, en la región de Zimapán, en el actual Estado de Hidalgo, una región minera rica en minas de plata. En las muestras había un metal desconocido, semejante al cromo y al uranio. Lo llamó “plomo pardo de Zimapán” o “zimapanio”  (es un clorovanadato de plomo), del que extrajo una sustancia que nominó “pancromo”, debido al gran número de colores que mostraban las reacciones al aislarlo del plomo pardo. Después, lo llamó “eritronio” porque sus sales, en contacto con el fuego y con los ácidos, tomaban un color rojo muy intenso.

Del Río había descubierto el vanadio, aunque el tiempo no modificó el nombre que le dio el madrileño, de lo que se quejaba: “el uso, que es tirano de las lenguas, ha querido que se llame vanadio, por no sé qué divinidad escandinava [Vanadis, la diosa escandinava de la belleza y la fertilidad]; más derecho tenía otra mexicana, que en sus tierras se halló hace treinta años”.

Vicente Cervantes Mendo (1758-1829) fue una persona con una espléndida formación científica: tenía unos conocimientos botánicos excelentes, había estudiado medicina, era buen filósofo, buen químico y farmacéutico. Dominaba, además, la lengua francesa y era, según su maestro, el botánico Casimiro Gómez Ortega (1741-1818), un hombre “de capacidad, instrucción y lucimiento”. 


Su vida transcurrió en la Península (1758-1787), en el virreinato de Nueva España (1787-1821) y en el México después de la independencia (1821-1829). 

Cervantes abandona la Península en 1781 y marcha a México para ocupar el puesto de catedrático del Real Jardín Botánico de la capital mejicana; desde entonces, el nombre de Cervantes se va a ligar el resto de su vida a esa ciudad, a su Real Jardín Botánico y al estudio y enseñanza de la ciencia de las plantas.

Su trabajo no pasa desapercibido: más de 300 especies vegetales nuevas clasificadas por él fueron enviadas a la península Ibérica desde el Jardín de la capital de Nueva España; muchas publicaciones salieron de su pluma; numerosos discípulos se formaron en su cátedra; de entre ellos destacó José Mariano Mociño (1757-1819).

Antes de finalizado el siglo XVIII, Cervantes había publicado quince obras de tema botánico, algunas de las cuales se han perdido. Fueron trabajos de carácter general y científico, sobre plantas peninsulares, sobre especies botánicas del Nuevo Mundo y, por último, con contenido destinado a la enseñanza de futuros botánicos y farmacéuticos. Escribió una obra que sirvió de base a la moderna farmacopea mejicana, el Ensayo a la Materia Médica Vegetal de México, que no se editó hasta casi finalizado el siglo XIX.

Fue en los postreros años del Ochocientos cuando se publicaron las dos obras que vienen a ser una especie de resumen de un trabajo colectivo: Plantae Novae Hispaniae, y Flora Mexicana. Ambas vieron la luz en México: fueron editadas por la Secretaría de Fomento y estaban escritas en latín. Sin embargo, hay que destacar, con el fin de aclarar los hechos, que las dos fueron publicadas con la sola autoría de médico aragonés, a la sazón residente en México, Martín de Sessé y Lacasta (1751-1808), y sorprendentemente del ya citado Mociño, quizá porque éste último era el único que había nacido en territorio mejicano. Suponemos que el fervor nacionalista después de la independencia hizo perder la memoria a los editores de las obras citadas y olvidarse de que tanto Plantae Novae Hispaniae como la Flora Mexicana eran obras eminentemente colectivas.

Los dos textos nos muestran que los científicos habían estudiado y descrito los vegetales, mayoritariamente por su interés florístico, por su utilidad medicinal y, en escasa proporción, por razones alimenticias, industriales u ornamentales.

En 1811, cuando Nueva España estaba más preocupada por su independencia (La guerra por la independencia mexicana se inició en 1810 y finalizó once años después) nada menos que Alexander von Humboldt (1769-1859) publicaba el Ensayo político sobre el reino de Nueva España en el que se podía leer:

“Ningún gobierno europeo ha invertido sumas mayores para adelantar el conocimiento de las plantas que el gobierno español. Tres expediciones botánicas, las de Perú, Nueva Granada y Nueva España, han costado al Estado unos dos millones de francos. Además se han establecido jardines botánicos en Manila y las islas Canarias. La comisión encargada del trazado del canal de Güines recibió también la misión de examinar los productos vegetales de la isla de Cuba. Toda esta investigación, realizada durante veinte años en las regiones más fértiles del nuevo continente, no sólo ha enriquecido los dominios de la ciencia con más de cuatro mil nuevas especies de plantas; ha contribuido también grandemente a la difusión del gusto por la Historia Natural entre los habitantes del país”.

Lo cierto es que, en el momento de la independencia, México era el territorio americano más importante en casi todos los sentidos.

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