Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)
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16 enero, 2025

Siglo XVIII : la educación científica se aleja de las universidades

 

Los hombres de la Ilustración son firmes partidarios de la capacidad transformadora de la educación y, en este sentido, la labor de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) tiene una importancia capital y sus aportaciones son extremadamente lúcidas. El sugerente título de su discurso Oración sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencia (1794) es un ejemplo espléndido del impulso didáctico-pedagógico intentado por el asturiano. En él recomienda que los hombres de ciencia tengan una formación humanística.

04 octubre, 2014

La Facultad de Ciencias en el siglo XIX español

El sistema educativo del siglo XIX español no estuvo orientado a la formación de una comunidad de universitarios que se dedicaran a la ciencia. La Ley de Instrucción Pública de 1857 (más conocida como Plan Moyano) se basaba en el modelo francés y buena parte de la educación se creó mirando al país vecino.

01 julio, 2014

Aulas con memoria, de Leoncio López-Ocón, Santiago Aragón y Mario Pedrazuela (editores)

Aulas con memoria es un libro que se edita dentro del proyecto CEIMES, esto es, Ciencia y Educación en los Institutos Madrileños de Enseñanza Secundaria a través de su patrimonio cultural (1837-1936). Los editores son Leoncio López-Ocón, Santiago Aragón y Mario Pedrazuela . Este proyecto es un programa de actividades de I+D entre diferentes grupos de investigación de la Comunidad de Madrid que es financiado por la Dirección general de Universidades e Investigación de la Consejería de Educación de esa Comunidad. Su objetivo es poner en funcionamiento un plan de investigación sobre el patrimonio científico y educativo, antes de la Guerra Civil, de los Institutos más antiguos de la capital de España con el fin de protegerlo y revalorizarlo: San Isidro, Cardenal Cisneros, Isabel la Católica y Cervantes.

19 septiembre, 2012

1902 y el trato que se da en España a la química


Sin comentarios, porque no los necesita, trascribo un fragmento de un artículo de José Rodríguez Carracido (1856-1928), catedrático de Química Orgánica y de Química General, titulado Cómo cultivamos la Química en España y cómo debe ser cultivada, que apareció en 1902 en Nuestro Tiempo.

18 abril, 2012

García de Galdeano, impulsor de la matemática


Zoel García de Galdeano y Yanguas (1846-1924), nació en Pamplona en 1846. Su padre, capitán del Ejército, fue fusilado por los insurrectos de la Isla de Santo Domingo. La familia decidió entonces emigrar a Zaragoza y, desde entonces, toda la vida de este matemático estuvo relacionada con la capital aragonesa.
En Zaragoza siguió primero la carrera de Perito Agrimensor tasador de tierras y, después, la de Magisterio (1869). Ese mismo año, en un examen libre, fue graduado de Bachiller, lo que le permitió matricularse en la Universidad, en la Facultad de Filosofía y Letras y, desde el año siguiente, también en la Facultad (Libre) de Ciencias Exactas. Obtuvo las dos licenciaturas en 1871 y entonces fue nombrado catedrático de Cálculo Diferencial y recibió el grado de Doctor en Ciencias antes de que suprimieran la licenciatura y el doctorado en Ciencias de la Universidad de Zaragoza.

29 marzo, 2012

Juan Carandell: paisaje y literatura


Juan Carandell y Pericay (1893-1937) fue uno de los científicos más polifacéticos de su tiempo. Licenciado y doctorado en Ciencias Naturales ejerció como docente de Bachillerato en varios Institutos cordobeses.
Quizá, una de las facetas más interesantes de Juan Carandell es la de considerar los aspectos científicos del paisaje. Considera la necesidad de crear “un archivo de paisaje”, porque según su concepción:
“Un pueblo culto debe conocer su propio país. El quantum de civilización de un pueblo viene representado por el cuidado con que está reconocido su territorio. Conócete a ti mismo es un aforismo tan aplicable a una nación como a un hombre”.

20 marzo, 2012

Pujiula y el Laboratorio Biológico de Sarriá


La creación de museos de ciencias naturales y laboratorios dedicados a las ciencias experimentales en los centros docentes de la Compañía de Jesús fue una característica muy común a los colegios de jesuitas creados durante la Restauración alfonsina. En este contexto, los jesuitas españoles intentaron construir en Tortosa una agrupación de instituciones científicas en la que se harían estudios de astronomía, química y biología. Tortosa era, a fin de cuentas, capital de la “provincia” de la Compañía de Jesús en la que estaba incluida Cataluña. De acuerdo con ello, el jesuita Ricardo Cirera Salse (1864-1932) fundó, en 1904, en la cima de una de las colinas al Oeste de la población tarraconense de Tortosa, en Roquetas, el Observatorio del Ebro, con el que se quería estudiar la actividad solar en los fenómenos geofísicos.

13 julio, 2011

Las ciencias en el siglo XVIII

José Cadalso y Vázquez (1741-1782) fue un literato y militar español que ha pasado a la historia de la literatura por sus Cartas Marruecas que, publicadas en 1793, contienen párrafos como los siguientes en los que se describe el panorama cultural español de aquellas personas dedicadas al cultivo del saber (la palabra ciencia era sinónima de conocimiento) :
“El atraso de las ciencias en España en este siglo, ¿quién puede dudar que procede de la falta de protección que hallan sus profesores? Hay cochero en Madrid que gana trescientos pesos duros, y cocinero que funda mayorazgos; pero no hay quien no sepa que se ha de morir de hambre como se entregue a las ciencias, exceptuadas las de pane lucrando que son las únicas que dan de comer.
Los pocos que cultivan las otras, son como aventureros voluntarios de los ejércitos, que no llevan paga y se exponen más. Es un gusto oírles hablar de matemáticas, física moderna, historia natural, derecho de gentes, y antigüedades, y letras humanas, a veces con más recato que si hiciesen moneda falsa. Viven en la oscuridad y mueren como vivieron, tenidos por sabios superficiales en el concepto de los que saben poner setenta y siete silogismos seguidos sobre si los cielos son fluidos o sólidos.
Hablando pocos días ha con un sabio escolástico de los más condecorados en su carrera, le oí esta expresión, con motivo de haberse nombrado en la conversación a un sujeto excelente en matemáticas: ‘Sí, en su país se aplican muchos a esas cosillas, como matemáticas, lenguas orientales, física, derecho de gentes y otras semejantes.’
Pero yo te aseguro, Ben-Beley, que si señalasen premios para los profesores, premios de honor, o de interés, o de ambos, ¿qué progresos no harían? Si hubiese siquiera quien los protegiese, se esmerarían sin más estímulo; pero no hay protectores. (…)”

14 junio, 2011

La Universidad española del siglo XVI (y II)

La Universidad española del Renacimiento no admite comparación con la actual: en los centros universitarios se ingresa muy pronto, con doce o trece años y como la mayor parte de los estudiantes desconoce las lenguas clásicas lo primero que tienen que hacer es aprender la fundamental del lenguaje académico, el latín.
Unos dos años después, el estudiante ingresa en la Facultad menor de Artes o Filosofía donde aprende Escolástica, Física y Metafísica aristotélicas, algún rudimento científico, etc. Después, cumplidos los dieciséis años, el alumno pasaba a una de las cuatro facultades mayores: Teología, Derecho canónico, Jurisprudencia y Medicina, siendo las dos primeras las más importantes. Los conocimientos científicos se adquirían en la Facultad de Artes (Matemáticas, Filosofía natural y Cosmografía) y en la de Medicina.
La enseñanza se realizaba con la lectura (lectio) de un texto clásico que se acompañaba de explicaciones y pequeñas correcciones que se realizaban en latín. Pero otra forma de enseñar la constituían las disputas (disputatio) en las que mediante silogismos se discutían textos clásicos. Los grados universitarios servían para ejercer la profesión: Bachiller; para impartir la docencia: Licenciado; o tenían un caracter casi exclusivamente ornamental: Doctor.
En la centuria de la que estamos hablando, los hospitales eran centros de caridad más que de actividad científica. Sin embargo, en ellos “comenzaba a abrirse camino lentamente su futuro papel de escenario central de la asistencia, la enseñanza y las investigaciones médicas. Los primeros pasos en esta línea se dieron durante el siglo XVI en una serie muy reducida de hospitales” (López Piñero). En la España de la época destacan cuatro hospitales, el de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, el del Cardenal de la ciudad hispalense, el General de Valencia y los de Guadalupe; de los cuatro, el más sobresaliente es el conjunto extremeño.

07 junio, 2011

La Universidad española del siglo XVI (I)

La actividad científica del Renacimiento español se desarrolla principalmente en las universidades y es precisamente la enorme proliferación de centros de enseñanza superior la manifestación más evidente del vigor de la España renacentista. En efecto, durante el último cuarto del siglo XVI hay, sólo en las universidades castellanas, nada menos que 20.000 alumnos, detalle interesantísimo que nos da una idea del ambiente cultural español sobre todo si comparamos esta cifra con los 25.000 universitarios y de segunda enseñanza que había en España a mediados del siglo XIX.
La distribución cualitativa y cuantitativa de los centros universitarios en la España de la época es muy desigual; destacan en Castilla las universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá. La Universidad salmantina se enriqueció en tiempos de Carlos V con el “Colegio Trilingüe”, como poco después lo hizo la de Alcalá. En él se enseñaba el latín, la lengua académica por excelencia, el griego, fundamental en la medicina, ya que la mayor parte de los tratados de Hipócrates y de Galeno estaban redactados en esa lengua y el hebreo, imprescindible en las importantísimas facultades de Teología para poder traducir los libros santos. Del Trilingüe de Alcalá hay que indicar que fue el lugar de irradiación del nuevo aristotelismo, esto es, del Aristóteles procedente de los estudios de las nuevas traducciones de las obras del filósofo, en las que participaron de manera minente intelectuales de la talla de Pedro Simón Abril (1530-1589) y del médico segoviano Andrés Laguna (ca. 1510-1559).
La Universidad aumenta el prestigio adquirido en los años medievales y alcanza su máximo esplendor en el Renacimiento, donde llega a contar, en 1584, con casi siete mil alumnos. Aunque los estudios más destacados en la Universidad de Salamanca son los de Teología y Derecho canónico, también se estudia Medicina. Es interesante hacer notar que, desde el punto de vista médico, la Universidad española más destacada es la de Valencia; gracias a la influencia de dos médicos formados en esa Universidad, Pedro Jimeno (ca. 1515-ca. 1555) y Luis Collado (ca. 1520-1589), es como la Anatomía que sigue las directrices de Vesalio se incorpora a las Universidades de Salamanca y Alcalá respectivamente.
Una derivación universitaria la formaban los “Colegios Mayores” que eran “casas con becas y estipendios para estudiantes pobres y bien dispuestos, que en ellas encontraban sustento seguro y salvaguardia moral, a la vez que podían asistir a los cursos de las facultades, recibían instrucción y se ejercitaban en diversas disciplinas, bajo la dirección de un profesor designado exprofeso”. La decadencia general que se observa en el siglo XVII afecta también a estos centros.
Por otro lado, en 1564, los jesuitas abrieron sus Colegios a la enseñanza general y acabaron siendo modelo de otros centros con la categoría de la renombrada Academia de los Nocturnos de Valencia.

12 abril, 2011

Las ciencias desamparadas, a los ojos de Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) ha sido, y es, una personalidad controvertida en el panorama cultural español. Aunque los trabajos del erudito santanderino son el punto de partida de muchos los estudios que se han realizado después que él los hubiera comenzado, de su obra sólo se destacan algunos párrafos de sus fogosas obras juveniles y sus detractores olvidan su sereno razonamiento en la edad madura; parece como si el polígrafo montañés no hubiera escrito nada después de haber cumplido veinticinco años. Muchas veces se le cita con referencias superficiales, citas de una cita que contiene una cita que, a su vez, es citada por alguien que, probablemente no leyó una sola jota de la abundante bibliografía de este hombre extraordinario.
Todo esto viene a cuento porque Menéndez Pelayo ha sido el paradigma del hombre de letras. Sin embargo, su enorme cultura, sin límites, le hizo fijarse y detener su pensamiento en muchos de los problemas de la cultura española de su tiempo, entre los que se encontraban los que afectaban a la política científica de nuestro país. En 1893 se publicó el que fuera el discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales del académico Acisclo Fernández Vallín; el texto iba precedido por un proemio del bibliófilo de Santander, que a la sazón contaba treinta y siete años, titulado “Esplendor y decadencia de la cultura científica española”. En estas páginas se queja del “desamparo y abandono en que yace la facultad de Ciencias”, a la que considera la auténtica “Cenicienta” de las facultades universitarias españolas. Menéndez Pelayo dice que este centro tiene que ser
“una escuela cerrada de purísima investigación, cuyos umbrales no traspase nadie cuya vocación científica no hubiera sido aquilatada con rigurosísimas pruebas y entrase allí no como huésped de un día, sin afición ni cariño, sino como ciudadano de una república intelectual, a la cual ha de pertenecer de por vida, ganando sus honores en ella no con risibles exámenes de prueba de curso, que en la enseñanza superior son un absurdo atentado a la dignidad del magisterio, sino con la colaboración asidua y directa en los trabajos del laboratorio y de la cátedra, como se practica en todas partes del mundo, sin plazo fijo para ninguna enseñanza, sin imposición de programas, con amplios medios de investigación y con la seguridad de encontrar al fin de la jornada la recompensa de tanto afanes, sin necesidad de escalar una cátedra por el sistema tantas veces aleatorio de la oposición, que desaparecerá por sí mismo cuando el discípulo, día por día, se vaya transformando en maestro, pero que ahora conviene que subsista, porque todavía es el único dique contra la arbitrariedad burocrática.
Cuando tengamos una Facultad de Ciencias (basta con una) constituida de esta suerte, y cuando en el ánimo de grandes y pequeños penetre la noción del respeto con que estas cosas deben ser tratadas, podemos decir que ha sonado la hora de la regeneración científica de España. Y para ello hay que empezar por convencer a los españoles de la sublime utilidad de la ciencia inútil” [las cursivas son del autor].

30 enero, 2011

La educación científica en el siglo XVIII

Los ilustrados son especialmente firmes partidarios de la capacidad transformadora de la educación; la educación empieza a ser valorada en su justa medida. En este sentido, la labor de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) tiene una importancia capital y sus aportaciones son extremadamente lúcidas. El sugerente título de su discurso de 1794: Oración sobre la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencia es un ejemplo espléndido del impulso didáctico-pedagógico intentado por el asturiano. En él recomienda que los hombres de ciencia tengan una formación humanística: “Si las ciencias esclarecen el espíritu, la literatura le adorna; si aquéllas le enriquecen, ésta pule y avalora sus tesoros; las ciencias rectifican el juicio y le dan exactitud y firmeza; la literatura le da discernimiento y gusto y le hermosea y perfecciona”; y más adelante, “Ellas nos presentan las ciencias empleadas en adquirir y atesorar ideas, y la literatura en enunciarlas; por las ciencias alcanzamos el conocimiento de los seres que nos rodean, columbramos su esencia, penetramos sus propiedades, y levantándonos sobre nosotros mismos, subimos hasta su más alto origen. Pero aquí acaba su ministerio y empieza el de la literatura, que después de haberlas seguido en su rápido vuelo, se apodera de todas sus riquezas, les da nuevas formas, las pule y engalana, y las comunica y difunde, y lleva de una en otra generación”.
Poco antes de iniciarse la segunda mitad del siglo el marqués de la Ensenada pensaba que las universidades funcionaban de la siguiente manera: “Se hace patente la falta de disciplina académica, los abusos de las matrículas, la liviandad de los libros de texto, el poco amor al estudio de los escolares y el mal funcionamiento del mecanismo universitario... Es preciso reglar las cátedras, reformar las superfluas y establecer, o crear, las necesarias; disminuir la pompa y la colación de los grados; exigir la especialización a cuantos opositaran a las cátedras; acabar con las parcialidades, rivalidades y debilidades en los centros docentes; exigir la emulación escolar y la seriedad científica en los libros de texto; ordenar a los profesores un mayor ahínco en inculcar a los estudiantes el amor a la patria; organizar las investigaciones culturales”.
Lo cierto es que la decadente universidad de finales del siglo XVII y de buena parte del siguiente se plasmaba en la dotación presupuestaria de los diferentes centros y de las distintas cátedras de una misma institución; unos y otras se diferenciaban en pobres y ricas. Además, y principalmente, la universidad española se encontraba volcada en los estudios teológicos, lo que se confirma, por ejemplo, con la Real Cédula de 1771, en la que se podía leer que la Universidad de Santiago “fue erigida principalmente para la enseñanza de la teología y para instruir y proveer de curas a las iglesias del reino de Galicia”. La enseñanza es, consecuentemente, escolástica, metodología que impregna todas las disciplinas. De este escolasticismo se quejaba Pablo de Olavide cuando escribía en relación con este método: “...se han convertido las universidades en establecimientos frívolos e ineptos, pues sólo se han ocupado de cuestiones ridículas, en hipótesis quiméricas y distinciones sutiles, abandonando los sólidos conocimientos de las ciencias prácticas”.
El peligro a la novedad, la escasez de espíritu crítico, la aceptación del criterio de autoridad, la relajación de la disciplina, el absentismo del profesorado, los abusos y corrupciones que se daban en los colegios mayores, los certificados de asistencia amañados −que eran condición necesaria para superar el curso académico−, fueron otras de las muchas rémoras que tuvo que soportar la universidad dieciochesca.