Jerónimo de Ayanz y Beaumont forma parte de ese amplísimo grupo de españoles que son desconocidos por la mayoría de nuestros compatriotas. Un hombre extraordinariamente polifacético que además de ingeniero era científico, pintor, cantante, compositor y, además, un magnífico inventor que registró patentes, entonces conocidas como privilegios de invención. Así, en una Cédula Real, de 1 de septiembre de 1606, firmada por Felipe III, se da a Jerónimo de Ayanz privilegio para disfrutar del derecho exclusivo de hasta cincuenta invenciones.
Nació en 1553 en el señorío de
Guenduláin, cerca de Pamplona. Era el segundo de cuatro hermanos y a los
catorce años, en Madrid, fue paje del rey Felipe II y después intervino con los
tercios españoles en diferentes campañas militares, donde adquirió su formación intelectual.
Lope de Vega hizo al navarro
protagonista en un diálogo de su obra Lo
que pasa en una tarde y, además, debido a su fuerza y habilidad en el manejo de
las armas le denominó “Hércules español”. También se hizo eco de su poderosa
fuerza Baltasar Gracián que, en El
Criticón, escribió que era una “persona
forzuda, capaz de romper una baraja con una mano”. Pero su fuerza no le impedía
ser una persona sensible capaz de componer canciones que interpretaba, con tono
de bajo, a la vihuela.
El rey le dio gratificaciones económicas
y le hizo, en 1580, Caballero de la Orden de Calatrava, de la que llegó a ser Comendador.
Vivió en Murcia en la década de los 80, donde fue regidor de esa ciudad y su representante en la Corte y además impulsó la construcción de defensas militares en la costa y la actividad del puerto de Cartagena. Asimismo, de 1595 a 1597, fue Gobernador de Martos (Jaén), donde adquirió unos importantes conocimientos sobre minas que, más adelante le fueron reconocidos.
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Felipe II |
En 1597 marchó a Madrid y cuatro años más tarde, cuando
Felipe III llevó la Corte a Valladolid, se trasladó a la ciudad del Pisuerga.
En 1597 Felipe II le nombró Administrador
General de las Minas (había más de 550) del reino, algo así como ministro de
minas. Este hecho impulsó su natural imaginación, de forma que inventó máquinas
y procedimientos metalúrgicos que cambiaron la manera de explotar las minas. Era
un cargo importantísimo ya que de él dependía la extracción de metales (oro y
plata incluidos) en todo el territorio del vastísimo Imperio español. Por ello escribió
a Felipe II una Relación en la que
explicaba la situación de las minas y las mejoras que se podrían realizar.
Patentó muchos inventos y, a diferencia de Leonardo da Vinci, el navarro comprobó el funcionamiento de todos y cada uno de ellos. El gran estudioso de la obra de Ayanz, Nicolás García Tapia, ha escrito: “se le podría llamar el ‘Leonardo español’; uno sería el Leonardo del Renacimiento y el español sería, el Leonardo del Siglo de Oro”.
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Libro sobre Ayanz del su gran estudioso: Nicolás García Tapia |
Y es que Ayanz realizó numerosos inventos de muy diferente condición: una balanza de precisión que podía apreciar “una pierna de mosca”; diferentes hornos diseñados para disminuir el gasto de leña y carbón, conseguir un mayor tiro del aire, etc.; destiladores, molinos hidráulicos y eólicos, presas de arco y bóvedas, una brújula con declinación magnética, molinos de rodillos mecánicos, etc. De todos los inventos, quizá, los tres más interesantes son: el submarino, el traje de buzo y la máquina de vapor.
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Submarino de Ayanz visto por García Tapia |
El submarino estaba hecho de madera, con
una ventanitas de vidrio. Gracias a un lastre se mantenía sumergido; también
tenía unos flotadores, confeccionados con piel de oveja, que lo emergían. Ambas fuerzas, que actuaban en sentido
contrario, mantenían el artefacto bajo el agua. Era accionado por unos remos y
los dos tripulantes sacaban los brazos por unos guantes recubiertos de cera,
con lo que podían coger materiales del fondo y ponerlos en la superficie.
Además, el aire se renovaba mediante unas válvulas, de forma que entraba aire
limpio y se eliminaba aire espirado. Finalmente, para buscar la confortabilidad
disponía de unas velas giratorias con unas esponjas empapadas en agua de rosas,
de manera que era un submarino con “ambientador”.
En agosto de 1602, y ante el rey Felipe II, hizo Ayanz una demostración de su traje de buzo, que impedía la hipotermia y tenía un sistema de entrada de aire con tubos de cobre que poseían unas uniones articuladas. Durante más de una hora anduvo moviéndose por el fondo del río Pisuerga, en Valladolid, y el rey contemplaba el hecho desde una galera. Así lo cuenta el inventor: [...] “y al cabo de una hora le mandó salir Su Majestad, y aunque respondió debajo del agua que no quería salir tan presto porque se hallaba bien, tornó su majestad a mandarle que saliese. El cual dijo que podía estar debajo del agua todo el tiempo que pudiese sufrir y sustentar la frialdad de ella y el hambre”. No consta que antes de Ayanz alguien hubiera inventado y puesto en práctica algo semejante.
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Máquina de vapor de Ayanz |
En 1606 inventó una máquina de vapor que
tenía como finalidad evitar las inundaciones
en las minas que administraba. Tres años después fundó una compañía minera con varios socios
con el fin de rehabilitar las minas de
Guadalcanal, a pocas leguas de Sevilla, que estaban inundadas. En efecto, estas
minas dejaron de trabajarse al finalizar el siglo XVI porque los pozos se
habían llenado de agua de lluvia y no había máquinas capaces de extraerla. El
navarro inventa varios artefactos para tal fin y, probablemente, su invento más
significativo fue la máquina de vapor. Allí se utilizó por primera vez esa máquina de
vapor para sacar el agua de las minas. En 1611 terminó su actividad, no porque
funcionara mal, sino porque Ayanz fue abandonado por sus socios y la compañía
desapareció. La patente consistía en una caldera que calentaba el agua
acumulada que se quería eliminar, la convertía en vapor, que iba hacia la
superficie.
Jerónimo de Ayanz murió en Madrid en
1613 y sus restos reposan en la capilla Dávalos de la Catedral de Murcia. Lope
de Vega le escribió el siguiente epitafio:
Tú sola, peregrina no te humillas.
¡Oh muerte! A don Jerónimo de Ayanza,
tu flecha opones a su espada y lanza
y a sus dedos de bronce tus costillas.
….
Pues,
Muerte, no fue mucha valentía
si
has tardado en vencerle sesenta años
quitándole
las fuerzas día a día.
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