Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

08 septiembre, 2026

Importación, emigración y regreso científico

 

A veces, por causas ajenas a su voluntad, los hombres de ciencia realizaron su labor fuera de su patria de origen. Unos científicos españoles emigraron de nuestro país por razones políticas, o lo hicieron porque no encontraban el apoyo intelectual o económico suficientes para realizar su tarea en nuestro territorio. De manera similar hubo científicos que inmigraron a España, se integraron perfectamente y se nacionalizaron españoles; otros, en fin, se fueron y aunque tuvieron en el extranjero un éxito significativo regresaron a su patria.

En esta entrada del blog voy a recordar a cuatro figuras, no demasiado conocidas, de la ciencia española en alguna de estas circunstancias.

La España del primer tercio del siglo XX acogió muy bien a un científico italiano, Gustavo Pittaluga, que enseñó mucho de lo que de enfermedades parasitarias tropicales sabía y que se quedó en nuestro país convirtiéndose en una personalidad científica muy importante en lo que a higiene sanitaria se refiere. 

Gustavo Pittaluga

Gustavo Pittaluga Fattorini (1876-1956) había nacido en Florencia y, después de estudiar Medicina, durante tres años y hasta 1902 adquirió una importante formación biológica con el zoólogo y médico Giovanni Battista Grassi (1854-1925), que había descubierto el mosquito Anopheles, responsable de la propagación del paludismo. Poco después vino a España para estudiar esta enfermedad en Barcelona, Madrid, Valencia, Guadalajara y las islas Baleares y fijó su residencia en nuestro país, donde se casó con una española y se nacionalizó español en 1904.

No fue Gustavo Pittaluga el único científico que se acopló perfectamente con la forma de ser de los españoles. Hugo Obermaier (1877-1946), nacido en la localidad alemana de Regensburg, fue un sacerdote, arqueólogo y uno de los más importantes paleoantropólogos de la primera mitad del siglo XX. Vino a España a estudiar aspectos de su especialidad y se consideró de la nación de acogida. Su relación con España data de 1909, año en el que viene a nuestro país con el  arqueólogo, geólogo y abate francés Henri Breuil (1877-1961) para estudiar las cuevas cántabras en el contexto de lo que fue un gran proyecto de investigación financiado por el príncipe Alberto I de Mónaco. De hecho, sus trabajos más importantes en el ámbito de la arqueología prehistórica los realizó en las cuevas de Altamira, El Castillo y La Pasiega, en Cantabria. 

Hugo Obermaier

La Primera Guerra Mundial le sorprendió en España, en Santander, y al no permitírsele regresar a Francia, Obermaier se quedó en nuestro país. Por un lado sus compatriotas lo acusaban de francófilo y por el otro tuvo el desprecio de una parte de sus colegas franceses por el hecho de ser alemán. En España trabajó en la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas —perteneciente a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas— y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. Asimismo, fue nombrado catedrático de Historia del Hombre Primitivo en la Universidad y su obra El hombre fósil, de 1916, fue adelantada en el conocimiento del hombre cuaternario.

Algún científico español ha marchado al extranjero a ampliar conocimientos y, sin perder sus raíces, permaneció el resto de su vida en el país de acogida. Esto le sucedió a Joaquín Albarrán y Domínguez (1860-1912), nacido en Villa de la Concepción de Sagua la Grande, población española de la isla de Cuba. Fue uno de los urólogos más importantes de la Europa de las primeras décadas del siglo XX. Después de estudiar Medicina en Barcelona, aunque deseaba volver a Cuba, su padrino y protector, el médico Joaquín Fábrega, le aconsejó ampliar estudios en el extranjero, lo que fue determinante en el curso de su vida. Así, se instaló en París y en esta ciudad vivió el resto de sus días. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Internacional de Urología y su prestigio le llevó en 1908 a presidir el primer Congreso Internacional de esa especialidad.

Hay casos en los que los hombres de ciencia vuelven al territorio que los vio nacer y su buena carrera científica se ve en gran parte frustrada porque las circunstancias impidieron su progreso. Sin embargo, el tiempo verificó su buen hacer. Es el caso de Mónico Sánchez Moreno (1880-1961), nacido en la población manchega de Piedrabuena (Ciudad Real). De familia humilde, era un hombre sencillo, inteligente y emprendedor, pretendido por las grandes empresas eléctricas americanas de la época: la General Electric y la Westinghouse. En 1908, realizó su invento más importante, una máquina portátil de rayos X y dos años después fue invitado al V Congreso Internacional de Electrología y Radiología Médicas que tuvo lugar en Barcelona. Y es que vista la importancia del descubrimiento de los rayos X, desde 1900 empezaron a sucederse cada dos años congresos de esta especialidad y el quinto tuvo lugar en Barcelona —después de los de París, Berna, Milán, Ámsterdam. Cuando en 1912 vuelve a España instala en su pueblo el Laboratorio Eléctrico Sánchez, posiblemente el centro español de tecnología más avanzada, donde se fabricaban aparatos electromédicos y sus componentes para su recambio y mantenimiento. Su laboratorio, recibió el encargo, en plena I Guerra Mundial, de fabricar sesenta equipos portátiles de rayos X.

Escultura Mónico Sánchez en
su localidad natal



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