A veces, por causas ajenas a su
voluntad, los hombres de ciencia realizaron su labor fuera de su patria de
origen. Unos científicos españoles emigraron de nuestro país por razones
políticas, o lo hicieron porque no encontraban el apoyo intelectual o económico
suficientes para realizar su tarea en nuestro territorio. De manera similar
hubo científicos que inmigraron a España, se integraron perfectamente y se
nacionalizaron españoles; otros, en fin, se fueron y aunque tuvieron en el
extranjero un éxito significativo regresaron a su patria.
En esta entrada del blog voy a recordar a cuatro figuras, no demasiado conocidas, de la ciencia española en alguna de estas circunstancias.
La España del primer tercio del siglo XX
acogió muy bien a un científico italiano, Gustavo Pittaluga, que enseñó mucho
de lo que de enfermedades parasitarias tropicales sabía y que se quedó en
nuestro país convirtiéndose en una personalidad científica muy importante en lo
que a higiene sanitaria se refiere. 
Gustavo Pittaluga
Gustavo Pittaluga Fattorini (1876-1956)
había nacido en Florencia y, después de estudiar Medicina, durante tres años y
hasta 1902 adquirió una importante formación biológica con el zoólogo y médico
Giovanni Battista Grassi (1854-1925), que había descubierto el mosquito Anopheles, responsable de la propagación
del paludismo. Poco después vino a España para estudiar esta enfermedad en
Barcelona, Madrid, Valencia, Guadalajara y las islas Baleares y fijó su
residencia en nuestro país, donde se casó con una española y se nacionalizó
español en 1904.
No fue Gustavo Pittaluga el único
científico que se acopló perfectamente con la forma de ser de los españoles.
Hugo Obermaier (1877-1946), nacido en la localidad alemana de Regensburg, fue
un sacerdote, arqueólogo y uno de los más importantes paleoantropólogos de la
primera mitad del siglo XX. Vino a España a estudiar aspectos de su
especialidad y se consideró de la nación de acogida. Su relación con España
data de 1909, año en el que viene a nuestro país con el arqueólogo, geólogo y abate francés Henri
Breuil (1877-1961) para estudiar las cuevas cántabras en el contexto de lo que
fue un gran proyecto de investigación financiado por el príncipe Alberto I de
Mónaco. De hecho, sus trabajos más importantes en el ámbito de la arqueología
prehistórica los realizó en las cuevas de Altamira, El Castillo y La Pasiega,
en Cantabria. Hugo Obermaier
La Primera Guerra Mundial le sorprendió
en España, en Santander, y al no permitírsele regresar a Francia, Obermaier se
quedó en nuestro país. Por un lado sus compatriotas lo acusaban de francófilo y
por el otro tuvo el desprecio de una parte de sus colegas franceses por el
hecho de ser alemán. En España trabajó en la Comisión de Investigaciones
Paleontológicas y Prehistóricas —perteneciente a la Junta para Ampliación de
Estudios e Investigaciones Científicas— y en el Museo Nacional de Ciencias
Naturales de Madrid. Asimismo, fue nombrado catedrático de Historia del Hombre
Primitivo en la Universidad y su obra El
hombre fósil, de 1916, fue adelantada en el conocimiento del hombre
cuaternario.
Algún científico español ha marchado al
extranjero a ampliar conocimientos y, sin perder sus raíces, permaneció el
resto de su vida en el país de acogida. Esto le sucedió a Joaquín Albarrán y
Domínguez (1860-1912), nacido en Villa de la Concepción de Sagua la Grande,
población española de la isla de Cuba. Fue uno de los urólogos más importantes
de la Europa de las primeras décadas del siglo XX. Después de estudiar Medicina
en Barcelona, aunque deseaba volver a Cuba, su padrino y protector, el médico
Joaquín Fábrega, le aconsejó ampliar estudios en el extranjero, lo que fue determinante
en el curso de su vida. Así, se instaló en París y en esta ciudad vivió el
resto de sus días. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Internacional de
Urología y su prestigio le llevó en 1908 a presidir el primer Congreso
Internacional de esa especialidad.
Hay casos en los que los hombres de
ciencia vuelven al territorio que los vio nacer y su buena carrera científica
se ve en gran parte frustrada porque las circunstancias impidieron su progreso.
Sin embargo, el tiempo verificó su buen hacer. Es el caso de Mónico Sánchez
Moreno (1880-1961), nacido en la población manchega de Piedrabuena (Ciudad
Real). De familia humilde, era un hombre sencillo, inteligente y emprendedor,
pretendido por las grandes empresas eléctricas americanas de la época: la General
Electric y la Westinghouse. En 1908, realizó su invento más importante, una
máquina portátil de rayos X y dos años después fue invitado al V Congreso
Internacional de Electrología y Radiología Médicas que tuvo lugar en Barcelona.
Y es que vista la importancia del descubrimiento de los rayos X, desde 1900
empezaron a sucederse cada dos años congresos de esta especialidad y el quinto
tuvo lugar en Barcelona —después de los de París, Berna, Milán, Ámsterdam.
Cuando en 1912 vuelve a España instala en su pueblo el Laboratorio Eléctrico
Sánchez, posiblemente el centro español de tecnología más avanzada, donde se
fabricaban aparatos electromédicos y sus componentes para su recambio y
mantenimiento. Su laboratorio, recibió el encargo, en plena I Guerra Mundial,
de fabricar sesenta equipos portátiles de rayos X.
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| Escultura Mónico Sánchez en su localidad natal |

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