Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

23 septiembre, 2026

Josep Pla, ciencia y universidad

 

Los buenos libros son reconfortantes y una fuente de aprendizaje. A veces, sorprendentemente, nos encontramos en ellos con noticias e informaciones que ni en nuestros mejores sueños esperábamos descubrir. Es sabido que el escritor y periodista ampurdanés Josep Pla (1897-1981) escribió mucho, con agudeza, socarronería y libertad. En muchos casos con un humor fino, o no tanto. Pla ocupó su vida en el periodismo  y la literatura y es, probablemente, el escritor catalán más leído y popular de la historia.

En relación con la vida de la Universidad de Barcelona, de la que fue alumno, sus opiniones forman parte de sus páginas más divertidas. En su famoso El cuaderno gris inicia el libro con una referencia a la epidemia de gripe del año 1918: “Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la Universidad. Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa, en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes ociosos”. Pues bien, esta fue la razón por la que Pla comenzó a escribir un diario que, después, se convirtió en la obra citada más arriba.

El joven Josep Pla

Inicialmente el joven Josep deseaba realizar las carreras de Química y de Medicina, para lo que tenía que cursar el preparatorio de Ciencias, común para los futuros estudiantes de las diversas especialidades de Ciencias, Farmacia y Medicina. Era, por tanto, un curso con muchos alumnos: “me encontré inmerso en una riada humana de más de trescientos estudiantes”. Al final, el ambiente “científico” de la Universidad hizo que se decantara por los estudios de Derecho.

Leemos el 22 de marzo de 1919 que la clase de Química General la impartía Vila Vendrell, que “no era un profesor sedente. Explicaba todo el año, de pie, la química ininteligible de un manual escrito por un tal profesor Lozano, de Madrid”. Este libro, era probablemente el de Eduardo Lozano y Ponce de León (1844-1927), que había escrito, para los alumnos universitarios, unos Elementos de Química (1890) que tuvieron numerosas ediciones. Lozano había nacido en la localidad extremeña de Campanario (Badajoz), y en la Universidad Central (Madrid), había cursado las carreras de Ciencias Físico-Matemáticas y Químicas, en la que después se doctoró, y la licenciatura en Farmacia.

El profesor era Simón Vila Vendrell (1865-1933), natural de la población valenciana de Sueca. Había cursado las carreras de Derecho y Ciencias, y más tarde las de Farmacia y Perito químico. En 1883 obtuvo la cátedra de Química Inorgánica de la Universidad de la Habana y en 1895 fue director general de Hacienda del Ministerio de Ultramar en el Gobierno de Cánovas del Castillo y después consejero de Instrucción Pública. Cuando Cuba dejó de ser española reingresó en la Universidad de Zaragoza en 1899, de la que pasó a Barcelona, por permuta con Gregorio Rocasolano. Cuando Einstein visitó España en 1923, Vila Vendrell era el decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona. 

Elementos de Química  de
Eduardo Lozano

Hacía experimentos en clase y “cuando el doctor Vila Vendrell agarraba con dos dedos un tubo de ensayo, se producía en el vasto auditorio del aula gris, glacial, impregnada de la niebla matinal de Barcelona, un silencio profundísimo (...)”.

Después, Pla explica detenidamente los cambios de color en los diferentes tubos de ensayo y

“Los estudiantes se ponían de pie y rompían a aplaudir con una cálida y frenética devoción. La primera vez que oí los aplausos, ignorante como era de la consigna, me parecieron una deliberada falta de respeto. Pero, al constatar que el doctor Vila y Vendrell se dejaba aplaudir, alegre, con una facilidad indecente, me sumé al aplauso general —no fuese el caso, pensé, que la falta de entusiasmo me ocasionase algún perjuicio”.

Los aplausos tenían una razón de naturaleza académica:

“En realidad eran una obligación. De curso en curso, se transmitía el encargo de que las demostraciones científicas del doctor Vila y Vendrell se debían aplaudir. Estas ovaciones, garantizándole una fantástica vigencia en el escalafón, contribuían a la buena economía del curso —quiero decir, a reducir las malas notas y a ampliar los aprobados— Así, aplaudíamos todos”.

El profesor se dejaba aplaudir y cuando

“las palmas crepitaban demasiado fuertemente o duraban demasiado rato —cosa que no nos costaba nada— alargaba el brazo como si tratase de calmar un caballo nervioso. Decía, entonces, una frase sublime:

–Señores, señores –decía, con una punta de angustia en la cara–, guarden estos aplausos para cuando lleguemos a la síntesis del ácido cítrico”.

Lo malo de estas escenas es que se producían dos veces en cada clase, a la mitad y al finalizar cada lección.

Pero el relato de Josep Pla continúa con la clase de Mineralogía y Botánica, que impartía el catedrático Vila y Nadal, conocido dentro y fuera de la Universidad como “el Abuelo”.

Antonio Vila y Nadal (1861-1956) había nacido en Barcelona. Era doctor en Ciencias Naturales y había sido catedrático de las Universidades de Granada, Santiago de Compostela, Salamanca hasta llegar a la de Barcelona. Su obra más importante es un voluminoso texto de Mineralogía y Botánica (1918). 

Mineralogía y Botánica de
Antonio Vila y Nadal

A juicio de Josep Pla, Vila y Nadal era “un hombre que había modernizado su disciplina y que se había mostrado partidario de la mineralogía y de la botánica tomadas directamente de la naturaleza. Era un Linneo que llevaba unos cuantos años de retraso, pero en relación con los métodos de la Universidad del momento era un precursor indudable”. Era un profesor que hacía cinco o seis excursiones al año con sus alumnos, en otoño para recoger minerales y en primavera para herborizar. Pla asistió a las dos primeras clases y desistió.

Sin embargo, las clases no debían ser especialmente cómodas ya que el alumnado entraba en una especie de delirium tremens y

“la escalera era subida por aquella masa energuménica con empujones secos, verdaderos trompicones y gritos infrahumanos. (...)  No estaba excluido que, de vez en cuando, se produjese, entre los que subían, algún puñetazo. Mientras tanto, otros entonaban Marina o el Yo soy feliz con la gente del hampa, que cantaba una artista francesa en la Rambla”.

La clase de Antonio Vila debía de ser de una duración escasa ya que pasaba lista a sus alumnos:

“imaginaos lo que representaba la enumeración en voz alta de trescientos energúmenos dispuestos a aprovechar cualquier ocasión para hacer un escándalo estentóreo y manicomial. A menudo los treinta primeros minutos de la clase —que oficialmente duraba una hora— estaban ocupados en pasar lista”.

En las excursiones el comportamiento del alumnado era similar:

La aparición de aquel gran gentío de chicos jóvenes, generalmente bien vestidos, en aquella calle producía una auténtica expectación. Los peatones se paraban a vernos pasar; los cocheros moderaban la marcha; las porteras, con sus familiares, aparecían al paso en las puertas;  las familias se asomaban a los balcones con un aire muy distinto al que tienen para ver pasar un entierro. La aparición, en la acera, de una chica o de un grupo de señoritas solía iniciar la gresca. Los estudiantes las rodeaban, se producían las naturales procacidades, siempre había algún pillastre —generalmente leridano, moreno, oliváceo, de dientes blancos y cabellos rizados—que alargaba más el brazo que la manga. Los límites eran fácilmente sobrepasados, algún peatón de sentimientos redentoristas lo denunciaba, se iniciaban las discusiones, soltaba a menudo alguna bofetada y los guardias comparecían”.

Entonces llegaba el catedrático y el “espectáculo” seguía:

“El profesor se crispaba, tomaba un aire oratorio y transcendental y decía midiendo las palabras:

—Señores guardias, estamos realizando el viaje de prácticas de mineralogía que marca la ley. Nos encontramos en plena labor científica…

Los guardias, primero, se miraban entre ellos, totalmente azorados, incapaces de comprender nada. Después lo miraban a él, de arriba abajo, con curiosidad, y su ignorancia aumentaba.

— ¡Viva el abuelo! —gritaba un energúmeno.

— ¡Viva el fuero universitario! —bramaba otro.

— ¡Orden! ¡Silencio! ¡Callarse! —profería el doctor Vila, con la boca torcida blandiendo los papeles, sudado”.

Y después de muchas vicisitudes, a cual más deplorable, llegaba al lugar prefijado un escaso número de alumnos en relación con los que habían iniciado la caminata y

“Vila constataba, en el suelo, la presencia de cuatro hierbecitas o de alguna piedra, se paraba y decía alegremente:

—¡Señores, estamos sobre el terreno…! ¡Manos a la obra! ¡Van a comenzar las prácticas!

—Está oscuro! ¡No se ve! —gritaba un estudiante.

— ¡Abuelo! ¡abuelo! ¡abuelo!  ¡Viva el abuelo! —vociferaba aún otro hijo de papá, lúgubremente”.

Después, Josep Pla llega a una conclusión sobre lo “intolerable, casi diría criminal” de la “la caótica ampliación de Ciencias”: “No quiero decir que el doctor Vila y Nadal fuera un buen maestro. De muchas cosas que sucedían a su alrededor, él era puramente el responsable”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario