Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio (Santiago Ramón y Cajal)

14 octubre, 2015

Tres historias de genios olvidados

Siempre hay que saludar con alegría cualquier libro que saque a relucir las hazañas intelectuales; y en una España de fogones y cotilleos Inventar en el desierto tiene que ser un referente para nuestros compatriotas.
El libro, de la editorial Turner, está estructurado en un Prólogo del autor y tres partes dedicadas a Mónico Sánchez, a los pioneros españoles en lo que al submarino se refiere (Cosme García, Monturiol, Peral y Álvarez Ruiz) y a los iniciadores de la radio y la música electrónica en España: Julio Cervera y Juan García Castillejo.  El texto se completa con los agradecimientos de rigor y las notas a las tres partes señaladas.

La obra comienza con una introducción que expresa claramente lo que el autor, Miguel A. Delgado (periodista, escritor y divulgador), quiere contar en esta obra: España no es país para ciencia, aunque "nuestro país nunca estuvo descolgado de las tendencias que recorrían los países más desarrollados" (p. 15).
Son historias de personajes valientes, que ocuparon su tiempo y que perdieron mucho dinero en unos quehaceres realizados con una finalidad eminentemente patriótica, que muy bien pudieron gastar su fortuna  en una vida plácida, que sufrieron gran número de sinsabores porque, probablemente, estaban en una sociedad que no los entendía, porque su forma de hacer las cosas estaba en el polo puesto de la mediocre mentalidad de la sociedad española de su tiempo. Una historia de incomprensión y de tristeza, una historia en la que la convulsa situación política de España fue capaz de desestabilizar, en gran medida, los impulsos de los grandes hombres que aparecen en estas Tres historias de genios olvidados, subtítulo de la obra.
La primera parte es un breve relato biográfico sobre Mónico Sánchez, una personalidad que está empezando formar parte de la historia de la técnica en España. Inventor de un “aparato portátil de Rayos X y corrientes de alta frecuencia”, que bien pudo quedarse en los Estados Unidos pero que volvió multimillonario a su Piedrabuena natal "por auténtica morriña de su tierra o por una profunda vocación de darle una oportunidad a su país de nacimiento" (p. 63) y a su población de nacimiento ya que en la España de entonces, donde la electricidad era un lujo, todas las casas de su pueblo disponían de luz eléctrica; como muy bien dice Delgado, su obsesión se manifestaba en que "la dependencia de la tecnología extranjera era un lastre insoportable para España" (p.70).
En la segunda parte el autor se sumerge (nunca mejor dicho) en algunas de las peripecias de cuatro españoles en relación con el submarino: el logroñés Cosme García Sáez, el figuerense Narciso Monturiol,  el cartagenero Isaac Peral y el palentino (de Barruelo de Santullán) Adrián Álvarez. Hombres volcados desde muy pronto en asuntos relacionados con la invención. 
Se relata la historia del Botebuzo, y el más militar Garcibuzo, de García Sáez, que incapaz de convencer a Isabel II de la valía de su invento lo hundió en el puerto de Alicante y murió arruinado porque nadie en España fue tan sutil para ver la importancia del submarino como elemento fundamental de la Armada. En cualquier caso, el invento de Cosme García es anterior al del Ictíneo de Monturiol, por lo que se le considera el primer inventor del submarino mecánico tripulado.
Tampoco son menos patéticas las peripecias del gerundense, de Figueras, Narciso Monturiol que había estudiado… Derecho y que diseñó un submarino con el que se realizaron exitosas inmersiones, pero nadie en el gobierno español se dio por enterado. Bien es cierto que el catalán ofreció su invento a los Estados Unidos y tuvo un “éxito” similar. El resultado fue parejo al de García Sáez: vio cómo su Ictíneo fue despiezado para ser utilizado como chatarra.
La tercera historia de sumergibles es la del Isaac Peral, un hombre de la Armada y que, por tanto, iba a destinar su invento a un uso militar. Un proyecto extraordinariamente innovador en la medida que era un buque movido por electricidad, la inmersión se realizaba mediante lastres y propulsión mecánica, poseía (por primera vez) un periscopio y un sistema de lanzamiento de torpedos… y, además, Peral había creado un plan por el que se debían construir cincuenta y dos submarinos para proteger las costas españolas. Y aunque las pruebas realizadas con el Peral en la bahía de Cádiz fueron exitosas, el final fue el mismo que el de García Sáez y Monturiol, aunque con otra utilidad: "durante un tiempo sirvió incluso como letrina" (p. 119) y todo porque este gran hombre rechazó, por razones patrióticas, ofertas por el submarino que rondaban los cinco millones de francos.
El epílogo a esta parte es extraordinariamente curioso; muchos años después, en 1932, en el lago de la madrileña Casa de Campo, el ferroviario Adrián Álvarez Ruiz, ante un gran número de curiosos demuestra el funcionamiento de su invento: un sumergible diseñado para salvaguardar las vidas de los tripulantes de los submarinos en caso de siniestro; aunque recibió ofertas extranjeras por la patente de su invento, por patriotismo las rechazó, igual que sus precedesores. 
La tercera parte de la obra, “Soñar sin hilos”, se inicia con un personaje singular, el militar segorbino Julio Cervera y Baviera, pionero de la comunicación, que fue capaz de inventar un aparato que mejoraba el de Marconi, que importó de los Estados Unidos un nuevo sistema de enseñanza (la que se realiza por correspondencia)… y que falleció en 1929 "sin que diario alguno le dedicara ni una línea" (p. 203).
El libro finaliza con Juan García Castillejo, natural de Motilla del Palancar (Cuenca),  que se ordenó y vivió como sacerdote en la misma localidad en la que nació el ya citado Julio Cervera: Segorbe. Realizó una serie de inventos con el fin de mejorar la “telegrafía rápida” e inventó uno que explica en un libro denominado Telegrafía rápida, el triteclado y la música eléctrica, un texto sorprendente alineado con las vanguardias del momento (p. 205); García Castillejo construyó el Electro Compositor Musical que era programable y creaba secuencias musicales automáticas: un protosintetizador.
En resumen, Inventar en el desierto es un libro formativo, escrito con amenidad y que debería ser de lectura obligada para conocer los avatares de unas personas que tendrían que formar parte de los manuales más generales de la cultura española.

1 comentario:

  1. Alguno ha utilizado la Lion 2 que la pueda recomendar? Me han dicho que es un equipo muy fiable y que la corteza exterior es excelente pero no lo tengo muy claro, me gusta por eso, porque es un equipo muy robusto

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