Santiago Ramón y Cajal fue un hombre de su tiempo y, contrariamente a los modelos que se crean del hombre de ciencia, una persona ocupada y preocupada por los sucesos de su época, en muchos de los cuales se implicó durante toda su vida. Cajal no es el sabio ajeno a su mundo, no es un hombre aislado de la sociedad en la que vive.
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Don Santiago |
El
primer día de mayo de 1922 don Santiago cumplía 70 años y, consecuentemente, se
jubilaba como catedrático. Se hacía pues necesario rendir un homenaje a la más
importante de las figuras científicas españolas, al premio Nobel. Unos meses antes,
el diputado Julián Van Baumberghen presentó una proposición a las Cortes con el
fin de que se concediera al sabio de Petilla de Aragón una pensión anual
vitalicia de cinco mil duros. Contrariamente a lo que la lógica y el sentido
común exigen, uno de los ministros, Gabino Bugallal Araújo (1861-1932), se
opuso y... ¡mayoritariamente! fue rechazada la propuesta.
El
ministro alegó que una nómina de por vida suponía “sentar un mal precedente” ¿A
qué se refería el político? ¿Quizás a que si en España había muchos hombres como
don Santiago las arcas del Estado iban a desfallecer? ¿O tal vez no consideraba
suficiente la labor intelectual del científico español? A lo peor no le gustaba
mirarse en su propio espejo porque este personaje vivió de la política desde
los 25 años, tuvo como profesión ser diputado y ministro. En efecto, formó
parte del Congreso de los Diputados, para el que fue elegido, en diecisiete
elecciones generales, por diferentes distritos, casi todos gallegos: Puenteareas,
Ribadavia, Ginzo de Limia, etc. Fue director general de distintos departamentos
y jefe de diversos ministerios: Hacienda, Gracia y Justicia, Gobernación y
otros.
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Bugallal pintado por Fernando Álvarez de Sotomayor (1923) |
Han
pasado 90 años desde que falleció Cajal y las costumbres, modas, formas de
entender la vida, etcétera de su época no permiten comparación alguna con las
actuales, pero cuando leemos sus obras parece que, en el ámbito político y
sociológico, casi todo funciona de una manera parecida. Dos ejemplos. En las Charlas de café se hace eco del
pensamiento de las mejores mentes de la España de entonces: Ortega, Unamuno,
Maeztu, Picabea, Sainz Rodríguez, etcétera, y por eso dice que los males
inveterados de España se deben a tres condiciones principales:
“1ª,
a que cada institución o clase social se estima como un fin y no como un medio,
creciendo viciosa e hipertróficamente a expensas del Estado; 2ª, a que, salvo
contadas excepciones, nadie ocupa su puesto: los altos cargos políticos,
militares y administrativos se adjudican a gentes sin adecuada preparación, con
tal de pertenecer al partido imperante, por donde adviene su rápido
desprestigio; 3º, a que, cualesquiera que sean los fracasos e inmoralidades de
los poderosos, jamás se les inflige ninguna sanción, ni aun la del ostracismo”.
En
otro lugar de la misma obra exclama: “¡Felicísimo país el nuestro, en donde la
casaca ministerial, la toga y el blasón no delinquen jamás!”.
Ponga
el lector los comentarios que crea oportuno después de pasar revista a los
sucesos políticos que han acaecido en España, por ejemplo, en los últimos
veinte años.
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