Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960) dedicó buena parte de su tiempo al estudio de la historia; él, que era un médico excepcional, que tuvo fama, consideración y respeto ganados a pulso en el ejercicio de su profesión, se lanzó a la investigación histórica porque tenía que desarrollar su “segunda vocación”. Nos lo explica en uno de los siete ensayos que forman su libro La medicina y nuestro tiempo (1954).
Es opinión de este intelectual que todo el mundo tiene dentro una doble vocación, con una de ellas se gana la vida, al menos inicialmente, con la segunda, la menos perceptible, casi siempre se completa la personalidad. La segunda vocación “es un repertorio de impulsos, de deseos, de vocaciones, mucho más complejo que los que indica nuestra etiqueta oficial. Aún en el caso de que hayamos acertado con nuestra verdadera vocación, una tendencia oculta —y a veces más de una — nos empuja a servir en silencio a preocupaciones que nos son las que nos sirven para ganarnos el pan y para catalogarnos en los padrones profesionales”. Y esto no se crea que es exclusivo del intelectual, de ninguna manera: “Nadie se resigna a vivir sin una ‘preocupación de reserva’, a retaguardia de la primordial, con la que, así como el cuerpo se defiende con sus depósitos de grasas y azúcar del eventual ayuno, el alma se precave de su enemigo mortal, que es el hastío”.
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Marañón pintado por Ignacio Zuloaga |
Marañón creó, principalmente después de
Estas palabras son de enorme actualidad porque entonces
(era el año 1930), y ahora, hay unos personajillos de nivel intelectual más que
dudoso que consideran, casi, inaceptable esta intromisión en “su” parcela
cultural. Marañón intenta proyectar los progresos “de la fisiopatología del
carácter y de los instintos humanos, sobre el espíritu y el cuerpo… de un rey
remoto y de algunos de los que le acompañaron en su paso por la vida”. No
obstante, esto no impide que buena parte de su labor historiográfica sea hoy
muy consultada porque muchas de estas obras no han sido mejoradas.
A fin de cuentas, el médico madrileño se autodenominó en
alguna ocasión “psiquiatra frustrado” y eso es lo que manifiesta en muchos de
los trabajos en los que expresa su pasión por descubrir los entresijos
psicológicos de sus biografiados. En el discurso de recepción, en 1936, en
“He intentado, seguramente con mejor deseo que buena
fortuna, colocar la biografía biológica en su término justo; es decir,
aprovechar, ante todo, y en la medida más amplia posible, los conocimientos
actuales de investigación de la personalidad humana, incluso los de la
patología, que son esenciales, porque si los hombres fueran sanos y cuerdos la
Historia, antes y ahora, sería completamente distinta”.
Los mismos
subtítulos de muchas de sus obras de historia indican claramente el aspecto
psicológico de los personajes marañonianos: Amiel,
que publica en 1932 y que subtitula Un
estudio sobre la timidez, El
Conde-Duque de Olivares. La pasión del mandar (1936); Tiberio. Historia de un resentimiento (1939); su espléndido
estudio, poco leído y menos comprendido sobre la personalidad del Don Juan (1940); la considerada por
muchos de sus críticos su obra maestra, Antonio
Pérez (1947); el hermosísimo El Greco
y Toledo (1956) y tantas y tantas obras en las que el agudo “ojo clínico”
del médico pasó revista a muchos aspectos que no fueron advertidos por las
miradas de los historiadores más clásicos.
La lectura de estos, y otros, libros suyos nos permite descifrar los rincones de la personalidad de grandes hombres que fueron escrutados por la atenta mirada de un genio. Así, en Tiberio explica, además de una teoría del resentimiento, aspectos de la timidez y la antipatía del emperador; en Luis Vives hace una relación entre la enfermedad que padeció este desterrado valenciano, la gota, y el humorismo: “El gotoso, sensual y a la vez lleno de topes dolorosos para su sensualidad, es, en efecto, casi siempre humorista”; y, finalmente, la maravillosa descripción psicológica de los personajes que integran esa monumental obra que es Antonio Pérez y en la que las tres personas más conspicuas de la historia, Felipe II, Antonio Pérez y Juan de Escobedo son calificadas de escrupulosa, el rey, clarividente y amoral, el ministro, y cargada de violencias y forrada de marrullerías, el secretario.
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Marañón Pintado por Joaquín Sorolla |
Y esta forma de acercarse al alma de sus biografiados se
aprecia por doquier en su extensa bibliografía. También en sus discursos, como
el pronunciado en
Y en los artículos médicos también se aprecia esta
orientación de “psiquiatra frustrado”. Cuando estudia la delgadez —“Comentarios
a la psicología de las delgadeces”— lo hace en su aspecto endocrino y
psicológico: “en la delgadez, cualquiera que sea su causa, juegan siempre un
papel importante los factores psíquicos” y “en la curación de la delgadez
ninguna medida terapéutica —ni regímenes, ni medicamentos— tienen una
importancia superior a la de precisar la psicopatogenia del caso y tratarla con
la psicoterapia adecuada”. Algo semejante hace en un tratado sobre la obesidad:
“Factores psicológicos de la obesidad, según un médico no psicoanalista” (en
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