Se puede afirmar sin atenuantes que las mujeres, hasta casi después de la II Guerra Mundial, eran generalmente orientadas, por la familia y por la sociedad, a partes iguales, en una dirección distinta a la del estudio. Así, en 1923, en la Revista del Ateneo Científico Escolar —de los alumnos de Ciencias de la Universidad de Zaragoza—, Emilia Félez escribía:
“La mujer si ejerce la medicina, y es
llamada a altas horas de noche, si a la par tiene un hijo enfermo o lo está su
esposo, ¿a quién atiende? Los dos son deberes ineludibles: el primero, su
profesión; el segundo su deber. ¿A cuál se inclina? Si la mujer tiene corazón
la respuesta está dada. Si durante el día tiene que hacer su visita
domiciliaria, ¿en poder de quién queda la casa? ¿Acaso sea su marido quien
quede al frente de los niños?…”.
Muchos testimonios parecidos podemos
encontrar en diversas publicaciones españolas de la época.
No obstante, en España, como en el resto
del mundo, mujeres con un gran predicamento cultural e intelectual dejaron oír
su voz en una sociedad que no entendía, ni mucho ni poco, la postura de algunas
de sus más eminentes representantes. Por ejemplo, en el siglo XIX, dos batalladoras,
como pocas, de la causa femenina dejaron su fermento intelectual en la sociedad
española: Emilia Pardo Bazán (1852-1921) y Concepción Arenal (1820-1893). Esta
última había escrito un libro, publicado en 1861 y titulado La mujer del porvenir, en el que
teorizaba sobre algunas actitudes provocadoras que el médico alemán Franz Josef
Gall (1758-1828) exponía en su obra sobre la Fisiología del cerebro; en ella decía que las mujeres, en relación
a sus facultades intelectuales, eran inferiores a los hombres. Y es que Arenal
piensa que cualquier oficio y profesión es buena y digna para la mujer. 
Emilia Pardo Bazán
Por su parte, doña Emilia, en el
Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano de 1892, presentó una ponencia
titulada "La educación del hombre y de la mujer. Sus relaciones y
diferencias ", en la que pedía el acceso de las mujeres a todos los
niveles educativos: “No puede, en rigor, la educación actual de la mujer
llamarse educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la
pasividad y la sumisión”.
La semilla sembrada por estas, y otras,
luchadoras, germinó en un nutrido grupo de defensoras de la igualdad
intelectual y cultural de los dos sexos. Entre ellas, dos Marías, Goyri y
Maeztu, son, a mi juicio, dos de las figuras más sobresalientes.
De María de Maeztu (1882-1948),
profesora extraordinaria de la Columbia Univerty de Nueva York , profesora
honoraria de la Universidad de México y doctora honoris causa del Smith College de los Estados Unidos, me parecen
más que significativas las siguientes palabras que pronunció en 1904 en una
conferencia:
“Es preciso que se abran a la mujer
horizontes para vencer, en iguales condiciones que el hombre, en la lucha por
la vida, sin que tenga que depender de él. Precisa ponerla a su nivel y hacer
de ella no sólo la compañera que anima la lucha, sino la que une su esfuerzo al
de su compañero y sigue sus huellas cuando los reveses y el cansancio hacen que
él desfallezca. Y cuando la mujer tenga medios de vencer en la lucha por la
existencia, irá al matrimonio, no mirándolo como la tabla de salvación y
aceptando a cualquiera, sino eligiendo los impulsos de su corazón”. 
Menéndez Pidal y María Goyri
De María Goyri (1873-1955), la que fue esposa
de Ramón Menéndez Pidal, una de las primeras españolas que pasaron por los
centros superiores de enseñanza, podemos transcribir unas palabras tan
contundentes como las siguientes: “Hay que hacer cotizar el valor intelectual y
práctico de la mujer para que aporte su valiosa colaboración a la sociedad”.
Ser una persona dedicada a la ciencia
requiere, obviamente, una formación universitaria pero, en la España de entre
siglos, a los centros superiores de enseñanza no asisten las mujeres. Tampoco a
las aulas de enseñanza media. Y es que muy pocos españoles, niños y niñas,
reciben formación académica más allá de los estudios primarios. Las cifras son
claras.
En el año académico 1900-1901 el
alumnado de Bachillerato en España estaba formado por casi 34.000 estudiantes
de los que eran mujeres… ¡cuarenta y cuatro! La situación fue mejorando
progresivamente: en el curso 1920-21 ya eran mujeres casi el 12% de los
estudiantes de enseñanza media y en el 1932-33, había más de un 25% de alumnas
del total existente en este nivel educativo.
Así las cosas, se hacía realmente
difícil encontrar alumnas en alguna de las once universidades españolas.
Conocemos las primeras españolas que se licenciaron en nuestro país. En este
punto creo que se hace necesario decir que Concepción Arenal, contrariamente a
lo que se viene afirmando, no obtuvo titulación universitaria alguna, lo cual
no implica que no pisara las aulas de la Universidad de Madrid: estuvo en ellas
como oyente y… disfrazada de hombre. Así, es seguro que Arenal fue la primera
mujer que “asistió” a la universidad.
Sabemos que las primeras licenciadas
españolas estudiaron Medicina y que realizaron su carrera en la Universidad de
Barcelona, que la completaron en 1882 y que se llamaban Dolores Aleu y Riera
(1857-1913) y Martina Castells y Ballespí (1852-1884); en octubre de ese mismo
año se licenció Elena Maseras y Ribera (1853-1905). La noticia de este hecho es
todo un acontecimiento, la prensa las felicita pero, son cosas de la época,
tienen que pedir permiso para poder realizar los estudios de doctorado. Les fue
concedido y Aleu y Castells se convirtieron en las primeras españolas que alcanzaron
el máximo grado académico. Sin embargo, el revuelo ante una situación tan
“anómala” conmocionó a una buena parte de la sociedad española ya que S.M. el
Rey, oído el Consejo de Instrucción Pública, dispuso que, a partir de entonces,
no se permitiera la admisión de señoritas en la universidad. Más tarde, una
R.O. de 1888 dispuso que las mujeres fueran admitidas a los estudios superiores
“como alumnas de enseñanza privada, y que cuando alguna solicite matrícula
oficial se consulte a la Superioridad para que ésta resuelva según el caso y
las circunstancias de la interesada”. 
Dolores Aleu
Desde 1868 hasta 1900, 25 universitarias
alcanzaron el grado de licenciadas, 19 más lo intentaron. A pesar de todo esto,
no es infrecuente leer que, la ya citada, María Goyri fue la primera
universitaria española, cuando en realidad, esta excepcional mujer inició sus
estudios superiores en el curso 1892-1893.
Lo cierto es que, independientemente de
lo que pensaran los españoles, la ya citada, Dolores Aleu fue admitida en 1882
como miembro de la Sociedad Francesa de Higiene y fue felicitada cordialmente
por haber sido la primera mujer que entró a formar parte de una de las más
importantes corporaciones científicas francesas. En España, su colega Martina
Castells no pudo ingresar en la Sociedad Ginecológica Española.
Estas mujeres fueron una excepción que
duró mucho tiempo. Baste decir que, en los dos primeros lustros del siglo XX,
España dio a la cultura tres licenciadas, dos en Medicina y una en Farmacia,
aunque lo intentaron 33. La situación desde el punto de vista comparado era
algo mejor en otros lugares; en 1892, en la Sorbona había casi 2.000
estudiantes en la Facultad de Ciencias, entre los que se encontraban 23
alumnas, y una de ellas era Marie Curie.
Durante la segunda mitad del siglo XIX y
los tres primeros lustros de la centuria siguiente se crearon en España
diferentes instituciones científicas en las que la mujer española deseó
participar pero… lo cierto es que aunque las sociedades científicas, igual que
la universidad, no prohibían formalmente la entrada de las mujeres en sus
instituciones, ello no implicaba, claro está, que se permitiera automáticamente
su ingreso. Un ejemplo más que significativo: la primera mujer que ingresó en
la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, creada en 1848, lo hizo
en el año 1988; fue Margarita Salas, una excelente bioquímica que ya había
demostrado su prestigio científico muchos años antes.
En los primeros años del siglo XX, la
Sociedad Española de Física y Química es la institución en la que hubo más
mujeres socias. Unas eran licenciadas en Química, otras en Física, otras en
Farmacia y más raramente en Ciencias Naturales o en otras especialidades. La
primera de sus socias data de 1912 y fue presentada por uno de los fundadores de
esa institución, José Casares Gil (1866-1961). Se trata de la madrileña Martina
Casiano, que había nacido en 1881, y que ejercía como docente de la Escuela
Normal Superior de Maestras de Bilbao desde 1905, donde enseñaba Física,
Química e Historia natural.
En 1871 fue creada la Real Sociedad
Española de Historia Natural, y en 1914 tenía un 2% de mujeres socias. A esta
institución pertenecía desde 1920 una de la primeras españolas de cierto
prestigio en el mundo de la biología, Dolores Cebrián Fernández Villegas,
profesora de la Escuela Normal de Maestras de Madrid y que en 1913 trabajó en
el Laboratorio de Biología Vegetal de Fontainebleau. 
Elisa Soriano
En 1908 se creó la Asociación Española
para el Progreso de las Ciencias, entidad cultural extraordinariamente peculiar
dado que entre sus miembros había personas dedicadas a la labor científica y
otras ajenas a ella, entre la que podemos citar a la ya nombrada María de
Meztu, doctora en Filosofía, y a Clara Campoamor, doctora en Derecho. Una de
las primeras socias (1912) del área científica fue la doctora en Medicina
Concepción Aleixandre Ballester
En este contexto social, hubo una mujer que rompió muchos de los moldes de su época, tanto desde el punto de vista científico como social: la madrileña Elisa Soriano Fischer (1891-1964). En su doble condición de médica y maestra, que mantuvo durante toda su vida, escribió artículos de divulgación en la prensa diaria y en revistas especializadas españolas.
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