Blas Pascal

Si nuestra visión se detiene en el límite de lo que conocemos, que nuestra imaginación pase más allá;
antes se cansará ella de concebir que la naturaleza de proveer. (B. Pascal)

domingo, 30 de abril de 2017

Tres médicos y una monja

En 1811 nacía en la población conquense de Pinar de San Clemente una mujer que se iba a hacer muy famosa en la España de su tiempo: María Rafaela Quiroga, o lo que es igual, sor María de los Dolores y Patrocinio.

María Rafaela Quiroga profesó en 1830 —en el convento de la madrileña calle de Caballero de Gracia—, en la Orden de las Concepcionistas Descalzas Franciscanas. Tomó el nombre religioso de Patrocinio de María y se la conocía como sor Patrocinio.  Cuando este convento fue cerrado, las religiosas fueron al de Jesús Nazareno, y sor Patrocinio fue primero maestra de novicias y desde 1849 abadesa, cargo en el que estuvo hasta su fallecimiento, acaecido en 1891.
A partir de 1830 sor Patrocinio empezó a sufrir estigmas y, en noviembre de 1835, el Ministro de Gracia y Justicia dio orden para que se la procesara sobre "una impostura artificiosa y fanática y una tentativa de subvenir el Estado y favorecer la Causa del Príncipe rebelde". Y se la enjuició sobre el fenómeno de las llagas y algunas visiones que podían causar perjuicio a los intereses de la corona. 
En efecto, en ese mes de noviembre, el juez Modesto Cortázar requirió a los profesores Mateo Seoane, Maximiliano González y Diego Argumosa para que estudiaran el estado físico de la monja de las llagas y trataran de comprobar científicamente si era cierto que sufría los estigmas de la Pasión de Cristo, que manifestaba en las manos, pies, costado izquierdo y cabeza. Finalmente, los facultativos se comprometieron a la curación de las llagas si esto era posible.
Aunque en esos años Mateo Seoane y Sobral (1791-1870) era conocido en Madrid como médico y político (era diputado en el trienio liberal y un impulsor de la organización sanitaria en la España de su época), de los tres facultativos, el más importante, sin duda, era Diego de Argumosa y Obregón (1792-1865). 
Argumosa se había licenciado en cirugía médica y en 1820 había alcanzado el título de doctor. En Madrid obtuvo una plaza de profesor de disección, puesto que ocupó hasta que en 1929 ganó la cátedra de “afectos externos y operaciones” del Colegio de San Carlos de Madrid. El caso es que en poco tiempo Argumosa alcanzó un gran prestigio en España y además, poseía un nivel científico técnico no inferior a las figuras quirúrgicas europeas más destacadas de su tiempo.
El trabajo de los médicos tuvo muy buenos resultados y en poco más de dos meses se certificó oficialmente la cicatrización total de los supuestos estigmas de la monja y... se descubrió que las llagas eran la consecuencia de una sustancia que le había dado el fraile Fermín Alcaraz para que, de esta forma, consiguiera la santidad.
Bajo juramento sor Patrocinio declaró que el fraile antes citado le dio, siendo aún novicia, "una reliquia que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga que debía tenerse abierta para seguir padeciendo y teniendo tal mortificación, ofreciendo a Dios los dolores como penitencia por las culpas cometidas (...), mandándole aplicase a las palmas de las manos y al dorso de ellas, a las plantas y parte superior de los pies, en el costado izquierdo, y alrededor de la cabeza en forma de corona, encargándole muy estrechamente bajo obediencia y las más terribles penas en el otro mundo, que no manifestase a nadie de qué le habían provenido, y que si le preguntaban debería decir que sobrenaturalmente se había hallado en ellas". En la sentencia se condenaba a la religiosa al traslado "con la decencia y recato debidos a su estado a otro convento que se halle al menos a distancia de 40 leguas". Tras dos años de destierro en Talavera de la Reina, obtuvo permiso para ir a Torrelaguna, donde estuvo cinco años.
La acción de los médicos motivó numerosas críticas por los partidarios del origen sobrenatural de las llagas. Como además sor Patrocinio fue desterrada, la situación, al menos de Argumosa, se hizo tan ingrata que no fue muy bien tratado ni por muchos compañeros de profesión, ni por el gobierno, ni por la Reina, ni por el pueblo llano: “algunos creyentes no solamente me cerraron las puertas de sus casas, sino también las del cielo”.

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